El centro de la Navidad es Jesús

Apreciables hermanas y hermanos:

Destaca, en estos días, la figura de Juan el Bautista. Él mismo dice que no es Elías, no es el Profeta y no es el Mesías. Muchos de sus seguidores pensaban que era el anunciado por los profetas, el que había de salvar el mundo, pero él mismo aclara que vendría uno, después de él, que bautizaría con el poder y con la fuerza del Espíritu. Efectivamente, los profetas habían anunciado que el Mesías estaría revestido del Espíritu de Dios, el Mesías estaría ungido con la presencia del Espíritu Santo.

Así que el testimonio de Juan nos invita a que centremos nuestra mirada en quien es el centro de estas celebraciones, es decir, en Dios hecho hombre, nacido de la Virgen María, para nuestra salvación. Él es la causa de todo lo que vemos, sentimos y hacemos en todos estos días de la Navidad. Jesucristo es el centro de estas fiestas, es el centro de nuestra fe.

Es Dios con nosotros. Por eso, debemos estar siempre alegres, porque Él ha decidido hacerse uno de nosotros, para nosotros. Acontecimiento que nos debe alegrar. Cuando vemos así a Jesucristo, que nace como nuestro salvador, es obvio que vamos a seguir teniendo penas, dificultades, sufrimientos, pero por encima de ello, está la certeza de que Dios está con nosotros, Dios está de nuestro lado, y Él nos ayudará a sobrellevar, y tal vez, a superar esos problemas.

Y si no a superar, a entender todo lo que nos pasa. Teniendo a Dios de nuestro lado, nos dará, incluso, en medio del sufrimiento y de la pena, mucha serenidad.

El Apóstol san Pablo, en su segunda Carta a los Tesalonicenses nos invita a que vivamos con gran alegría, en oración, en acción de gracias, por el nacimiento de Jesús.

Tenemos, pues, el programa para celebrar estos días de Navidad. Por una parte, con alegría porque estamos convencidos de que el centro de nuestra fiesta es Dios hecho hombre. Además, la oración poder comunicarnos con Él, y la acción de gracias, porque nunca acabaremos de agradecer que Dios se haya hecho hombre por nuestra salvación.

Vamos poniendo claras nuestras ideas, nuestras actitudes, respecto de lo que celebramos. Hay mucha gente que no sabe qué se celebra, siente que son días de comprar, de divertirse mucho, de decir cosas bonitas pero, a ciencia cierta, ignoran cuál es el centro, cuál es el verdadero motivo de nuestras celebraciones.

¿Y saben quién está en peligro de no saberlo? Tristemente, los jóvenes. Si a los jóvenes, a los niños, a los adolescentes, no les vamos transmitiendo estas verdades, para ellos la Navidad será otra cosa, que ni siquiera tiene que ver con la fe cristiana, y que contradicen nuestra dignidad de hijos de Dios.

Nos toca transmitir, no sólo de palabra, sino con una actitud de alegría profunda y sincera que Dios se hizo hombre.

Yo les bendigo en el Nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

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