Un regalo, un compromiso, el Sacerdocio

Hermanas y hermanos en el Señor:

Jesucristo se hizo hombre, y nació de la Virgen María en la pobreza de nuestra carne. Vendrá al final de la historia, al final de nuestra vida. Pero sigue viniendo constantemente a nosotros. En cada Eucaristía se hace vivo. El domingo pasado, 24 de diciembre, eligió y consagró, con el poder de su Espíritu, a 24 hermanos nuestros para que fueran Diáconos, y a un Diácono, para que fuera Presbítero.

Es Cristo el que revistió con su ser, con su Espíritu, a cada uno de esos hermanos, para hacerse vivo y presente en medio de su pueblo, de su Iglesia. Él lo prometió, y lo cumple, cuando dijo: “Yo estaré con Ustedes todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28,20). Una forma efectiva, concreta, de disfrutar de esta presencia salvífica, es el ministerio sacerdotal.

Cristo mismo se encarna, se hace presente, en la persona y en el ministerio de los Diáconos. Es el servidor en medio de las comunidades; sirviendo, en primer lugar, a la caridad, a la atención de los más pobres. En cada Diácono, el Señor quiere ejercer este servicio de cercanía, de alivio.

Cada uno de estos hermanos está revestido con el Espíritu de Jesús, que se hace presente para anunciar su Palabra que transforma, que salva. Estos hermanos se ordenaron para ser heraldos de la Palabra viva de Dios.

Por el ministerio de estos hermanos, Cristo camina con nosotros. Ellos han tenido la oportunidad de pensarlo, han tenido la libertad de dar este paso para abrazar el llamado que Jesús les hizo. Saben que el regalo que recibieron es para cada uno, pero no para que se lo queden, sino para el pueblo de Dios. No es para la gloria de los ordenados, no es para su cultura y su grandeza. No es mérito de ellos, es gracia, es regalo de Dios. Es para entregarlo en su servicio diario, sensible, atento, delicado, a todo el pueblo de Dios. Ellos lo saben.

Por eso, nosotros también, queremos acoger ese regalo responsablemente, apoyarlos para que no pierdan nunca su esencia; acompañarlos para que profundicen y crezcan cada vez más en su identidad sacerdotal. Somos corresponsables, y tenemos que ayudarles a que no se desvíen.

Le pedimos a Dios por ellos. Vamos, incluso, si fuera el caso, a prevenirlos, a reorientarlos. En esto juega un papel muy importante la familia de sangre de cada uno de ellos, pero también la familia de la Iglesia, la familia parroquial, para que sean siempre fieles a este don.

Y, también, los hermanos Presbíteros tenemos que ayudarnos a no perder el Espíritu, a no perder el camino y la esencia de nuestro llamado. A veces, los Sacerdotes, por un falso respeto, vemos cómo un hermano se va desviando, y callamos, y cuando se derrumba, es triste oír: ‘Lo veía venir’. Pues sí, lo viste venir, pero nunca quisiste hacer nada para prevenirlo y reorientarlo.

Así que, el don es enorme, garantiza la presencia encarnada de Jesucristo en cada Diácono, en cada Sacerdote. Es un gran regalo para la Iglesia de Guadalajara. Lo acogemos, lo agradecemos y nos comprometemos a cuidarlo.

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