Los kidults y el país de nunca jamás

Fabián Acosta Rico

“Juventud divino tesoro te vas para no volver, cuando quiero llorar no lloro y a veces lloro sin querer”. Así versificaba el poeta nicaragüense ese humano anhelo de brío y lozanía; cuyas traducciones negativas son el  miedo y la nostalgia: miedo en los jóvenes al calendario y a los cumpleaños que los acercan imperdonablemente  a la edad de las responsabilidades; y nostalgia en los adultos por aquellos “años maravillosos” cuando podían presumir el rostro limpio de maquillaje y los músculos brotaban sin necesidad de pesas y suplementos alimenticios.

En esta Postmodernidad, con la angustia envejecer y más inmersos como estamos en una cultura en la que somos valorados por nuestra imagen; el aparentar menos edad, y ganarle al tiempo, es toda una odisea que hace escala en spas, quirófanos y gimnasios y que culminan en la superficialidad de una patológica devoción al vigor físico y al cuerpo bello y saludable.

Experimentar, vivir en frenesí, sin responsabilidades ni compromisos; esa es la aspiración que conmueve a muchos jóvenes adultos o adultos jóvenes que en un espíritu de negación aplazan su salida del hogar familiar; que desean ser por siempre, a lo Peter Pan, los niños, los jóvenes que  huyen de las responsabilidades.

A estos prófugos de la adultez, la psicología los ha bautizado como los kidults (del inglés kid,  niño, y adult, adulto); el término apareció por primera vez en el año 2000 en la revista American Psychologist  y lo empleó el psicólogo Jensen Arnett para describir a las personas de 23 a 35 años que no abandonaban el nido; es decir, que seguían viviendo con sus padres y sienten una especie de fobia crónica por las relaciones formales y sobre todo por el matrimonio y los hijos.

Psicólogos y antropólogos asocian a los kidults o adultescentes con determinados hábitos de consumo cultural; entienden que estos sujetos gustan de vestirse con informalidad; que portan con desenfado playeras de super héroes como lo haría un adolecente; sus carteras siempre están vacías porque gastan, hasta el 85% de sus ingresos, en juguetes coleccionables, figuras de acción, muñecas, autos en miniatura, videojuegos, gadgets, libros, ropa, comics… que les recuerdan o remontan a su infancia o adolescencia.

Mientras los millennials (o muchachos de menos de 30 años) protestan por el maltrato animal o el sobrecalentamiento global, los kidults emprenden la  fuga hacía su  infancia o rumbo al onírico “país de nunca jamás” enganchados en el tren del consumismo.

Sin embargo es una tendencia, en esta modernidad liquida, el aplazamiento de la adultez o la dilatación de la juventud. ¿Qué problema social y antropológico se nos avecina en un futuro cuando los kidults queden huérfanos a sus 50 o 60 años? ¿Estarán preparados para la soledad y para hacerse responsables de sus vidas?

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