Lucha permanente contra el mal

Hermanas, hermanos en el Señor:

El Hijo de Dios se hizo hombre como nosotros, para que nosotros seamos hijos de Dios. Vino a nosotros, se acercó para elevarnos, para levantarnos de nuestro pecado y hacernos partícipes de su misma condición.

Fijémonos en la grandeza y la profundidad de este misterio. Dios participó de nuestra pobreza, porque nuestra naturaleza humana es pobre, pecadora, infiel, pero Él tomó nuestra naturaleza enferma, para participarnos de su riqueza.

Hay algo que se nos olvida, que el pecado existe, quizás por nuestra cultura, o por el ambiente, o por lo que oímos, por lo que vivimos. Pensamos que todo lo que hacemos o decimos, no es malo, que es la moda, que no hay para qué asustarse, que el pecado no existe. Pero en el fondo, cuando pecamos, sabemos que aquello es malo.

Hay una parte de nosotros, en lo más íntimo, que nos dice: “eso que quieres hacer, no lo debes hacer”; “quieres apropiarte de lo que no es tuyo, no lo debes hacer”; “quieres vengarte por un mal que te hicieron, eso no está bien”. Y aunque muchas veces sentimos esa voz interior que nos dice que el mal lo debemos evitar, de todas maneras lo hacemos.

Sentimos las consecuencias de hacer el mal, lo sentimos en el miedo; no sabemos a qué, pero tenemos miedo, tenemos vergüenza. Es por el mal que no debíamos hacer.

Tenemos que vivir nuestra vida luchando para que el mal no se asiente en nuestro corazón, que no se arraigue en nuestras costumbres, en nuestra manera de ser,  porque se puede convertir en una manera de vivir, mintiendo y engañando. Parece que eso es la moda.

Para relacionarnos con Dios necesitamos estar limpios. Mientras no estemos limpios, sentimos miedo de Dios, sentimos vergüenza, incluso, sentimos que Él nos olvida y nos da la espalda, aun cuando no es así, pero así lo sentimos. Si ya hicimos daño, lo podemos enmendar, nos podemos arrepentir, pero lo que no debemos hacer es permanecer en el pecado.

Qué triste es oír que un niño hace algo malo, porque su papá lo hace, en la casa lo hacen. Nos toca a los adultos transmitirles a las nuevas generaciones el bien, decir el bien, hacerlo, con el ejemplo.

No nos gustan muchos aspectos de nuestro mundo, no estamos de acuerdo con la violencia, con el secuestro, con los desaparecidos, pero, ¿por qué existe eso? Porque, de alguna manera, nosotros lo hemos ido consintiendo. Hemos puesto nuestro granito de arena, por ejemplo, mintiendo en lo poco, en lo ordinario, y después mentimos más fuerte. Luego, ofendiendo con un gesto, con una palabra; después, ofendiendo físicamente; etc.

Todo este mal, en el fondo, no lo queremos, nos da tristeza, pena, lo lamentamos, pero tenemos que analizar que, muchas veces, nosotros cooperamos para que exista.

El pecado no va a dejar de estar presente. Nosotros no debemos dejar que esto suceda.

 

 

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