La científica que argumenta que hay vida después de la muerte

Fabián Acosta Rico

 La realidad inmaterial

Bien lo explicó el filósofo español, Miguel de Unamuno que más allá de la demostración o de dar por cierta las revelaciones divinas y las afirmaciones teológicas de la Religión, acerca de una vida después de la muerte; la idea y la fe en un creador que, tras despedirnos de este mundo, nos aguarda en una realidad inmaterial o celeste dispensan un alivio ante el mayor de nuestros temores, el dejar de existir por siempre.

La doctora Elisabeth Kubler Ross desde que se licenció en medicina en la Universidad de Zurich, en su natal Suiza, empeñó su tiempo e inteligencia en estudiar la muerte desde la clínica. Sus primero trabajos en el área de los cuidados paliativos a los enfermos terminales los realizó después de graduarse en psiquiatría en la Universidad de Colorado, en 1963.

Una nueva tanatología

En el Hospital universitario de Chicago constató la desatención que recibían los moribundos y propuso un trato más humano para ellos. Se volvió una interlocutora entre los “sanos” y los enfermos terminales; en esta cruzada impartió conferencias en las que exponía una nueva tanatología con rostro humano. Grandes fueron sus aportaciones a esta disciplina médica. Atenta y sensible  a los sufrimientos de los moribundos descubrió las cuatro faces emocionales por las que transita todo paciente al que le es diagnosticada una enfermedad terminal: negación, ira, negociación, depresión y eventualmente aceptación.

Y en la aceptación de lo inevitable aportó mucho Kubler. Brincando las trancas de una ortodoxia cientificista que obligaba a aceptar la muerte como algo inevitable buscó otra posibilidad; y puede decirse que la encontró en los testimonios que documento de miles de pacientes que sufrieron algún lapsus de muerte temporal y que pudieron ser revividos.

La luz al final del túnel

La mayoría, según pudo atestiguar la Doctora suiza, aseguraron haber experimentado una experiencia extra-corporal; muchos vieron su cuerpo tendido en la mesa de operaciones, escucharon con claridad las palabras de sus cirujanos y enfermeras en situaciones imposibles, dado que ya no presentaban actividad cerebral. Con independencia de las creencias o incredulidades, muchos lograron ver, lo que comúnmente denominamos, la luz al final del túnel y en esa epifanía lumínica encontraron un amor infinito, una paz y gozo sin paragón; sintieron la presencia de una totalidad divina a la que muchos reconocieron como Dios.

Deseando constatar por ella mismas la veracidad de estos testimonios, la Doctora Kubler-Ross se sometió en un laboratorio médico de Virginia a una muerte artificial inducida en la que experimento, dos veces, la fuga de su conciencia (o alma) de su inerte cuerpo. Ya reanimada vivió una serie de epifanías de orden místico que la llevaron a refrendar su tesis acerca de la inexistencia de la muerte.

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