El Sacerdote debe ser un profeta convencido

Hermanas, hermanos en el Señor:

El profeta es elegido por Dios, que toma posesión del que ya ha sido creado, de aquél al que le ha dado la existencia, para que cumpla una misión. La elección es del Señor.

Dios le pide que vaya a donde Él lo mande, y a decir lo que Él le mande que diga. El profeta es posesión de Dios, que lo creó profeta y lo envía para que cumpla esa misión. El Señor le pone las palabras en su boca, lo que tenga que decir. Sobresale, así, el señorío del Padre sobre la vocación de profeta. Es Dios el que elige, el que envía y hace eficaz la misión del profeta.

No cualquiera se puede presentar a hablar en nombre de Dios. Se requiere una elección, una consagración, y un envío de parte del mismo Dios. Cada Sacerdote, elegido desde toda la eternidad, por parte de Dios, es llamado por la vocación sacerdotal, es consagrado por la ordenación sacramental, y es enviado en nombre del Señor y en nombre de la Iglesia, a cumplir su misión.

No es que alguien, de buenas a primeras, diga que va a un lugar, en nombre de Dios. No. Se requiere que conste que ha sido elegido, que ha sido consagrado y que ha sido enviado.

Es un enorme compromiso haber sido elegido por Dios para ser Sacerdote, para ser profeta, porque es la presencia del Señor, es la presencia de Cristo en medio de la comunidad, y lo primero que tiene que cumplir es dar testimonio de esa fe en Dios, que lo ha elegido y que lo ha enviado. Lo primero que tiene que hacer es testimoniar que Jesucristo lo ha ungido con la fuerza de su Espíritu, y lo ha puesto para ser signo de su presencia en medio de sus hermanos.

Un Sacerdote, como fruto de su ministerio, debe ver y esperar que en la comunidad a la que sirve, se pueda confesar, con toda verdad, con toda convicción, que Jesús es el Señor, es Salvador. Que cada integrante de su comunidad esté convencido, en lo profundo de su existencia, de quién es Jesús.

Po eso, el primero en creer, confesar y testimoniar la fe de Jesucristo tiene que ser el mismo Sacerdote profeta. Confesar con su palabra, testimoniar con su vida, que él está consagrado plenamente al Señor, y que todos puedan verlo, más allá de sus limitaciones, defectos y pobrezas, como la imagen fiel, visible y transparente de Jesús, Buen Pastor.

Si cada Sacerdote lucháramos por eso, con toda sinceridad, esperaríamos que nuestros feligreses, confiados a nuestros cuidados, pronto van a descubrir que el que predica no es el Sacerdote, que el que debe de estar en el centro no es el Sacerdote, sino Jesucristo, que es el que salva.

El ejercicio del Sacerdocio no es fruto de estudios, por interesantes que sean. Es un regalo que Dios hace a su Iglesia, y el primero en apreciar este don, tiene que ser el mismo Sacerdote, para que después la comunidad lo sepa y lo pueda valorar.

 

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