Tender puentes con todos

Hermanas, hermanos en el Señor:

Nos llena de mucho consuelo cuando, en la Palabra de Dios, Él mismo anuncia que nos trata como un buen Pastor. Nos dice que nos va a buscar, que nos va a congregar, que nos volverá a traer de donde nos extraviamos, que nos apacentará, nos alimentará, y que al que esté herido, lo va a curar; y al que esté débil lo va a fortalecer; al robusto, lo va a sostener. Es impresionante cómo Dios anuncia la forma en la que se involucra en la obra de nuestra salvación.

Todo lo anterior lo ha cumplido al enviarnos a Jesucristo, su hijo que, además, da la vida por nosotros, sus ovejas, por lo que también queda claro que somos su propiedad. La Iglesia, redil de sus ovejas, es su propiedad.

A los que estamos al servicio de la Iglesia, al servicio de las ovejas, el Señor nos invita a que nos comportemos no como dueños, sino como servidores de Dios, en favor de su rebaño.

Cuando los que somos llamados a servir al pueblo de Dios no tomamos conciencia de esto, comenzamos a tomar actitudes contradictorias al espíritu del Evangelio. Comenzamos a ser, tal vez, autoritarios, déspotas, arrogantes, como los que reclaman tributo de reconocimiento y aplauso. Y no, no tiene por qué ser así, porque somos sólo servidores.

Estamos llamados, ungidos con la fuerza del Espíritu, para servir al rebaño del Señor, no para tratarlos como propiedad privada, sino como servidores del único rebaño del Señor. Por eso, la comunidad nos tiene que ayudar a que conservemos esta conciencia, esta identidad, y a que nuestras actitudes sean éstas.

La primera obligación del Sacerdote es predicar, evangelizar, dar a conocer la Palabra y catequizar. Es nuestra primera tarea, alimentar el rebaño, no con nuestro criterio, ideas u ocurrencias, sino con la Palabra de Dios, para que tomemos conciencia de que formamos una familia, la Iglesia, que se hace concreta en la Parroquia. Hay que darle a la Palabra su lugar en el anuncio, es decir, en la predicación; y su explicación y profundización, en la catequesis.

Encomendemos a nuestros Sacerdotes para que reciban esta encomienda en la conciencia de que son servidores del Dueño del rebaño, haciendo equipo con sus feligreses. Un Padre, por más entusiasta, trabajador o generoso que sea, solo no puede llevar adelante el trabajo de una Parroquia, tiene que sumar el servicio, el carisma, los ministerios de todo el pueblo de Dios. Hay trabajo para todos, sobre todo, cuando queremos ser una Iglesia misionera, es decir, una Iglesia que quiere mirar a todos los sectores, especialmente a los que ya no acuden al templo.

Tenemos que pensar en los jóvenes, a veces, tan ausentes, y no porque son malos, sino porque no los sabemos entusiasmar, no nos ven verdaderamente ilusionados con nuestra fe. ¿Cómo van a entusiasmarse ellos, si no nos ven congruentes?

Tenemos que pensar en los que están resentidos, incluso, hasta los que están contrarios a la Iglesia, establecer acciones de salir a su encuentro, de tender puentes, siempre, con todos.

 

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