La Catedral de Guadalajara cumple cuatro siglos de funcionar como tal

Pbro. Tomás de Híjar Ornelas

De las catedrales de México, sólo la de Yucatán, en Mérida, que se estrenó en 1599, puede presumir que tiene más años abierta al culto después de la de Guadalajara, inaugurada el lunes 19 de febrero de 1618, diez días antes del inicio de la Cuaresma de ese año, en un acto del que poseemos datos puntuales gracias al registro que de él hizo el escribano público y del Ayuntamiento tapatío don Francisco Guerrero, en la que da pormenores precisos en torno a la ceremonia y a las autoridades que tomaron parte en ella ese día. Las catedrales que le sigan en orden cronológico son la de Puebla de los Ángeles y la de México en 1649 y 1667, respectivamente, muchos años después.

¿En qué consistía ‘dedicar’ una Catedral?

Aunque desde la más reciente reforma litúrgica de la Iglesia, hace medio siglo, se unió la dedicación con la consagración de un templo en una sola ceremonia que preside el obispo, más antes eran dos, que en nuestro caso estuvieron separadas casi un siglo: la bendición o estreno, al que aludimos, y la consagración, que tuvo lugar el 22 de octubre de 1716. La primera se reduce a habilitar para su uso una obra material catedralicia, que es como decir, bendecirla para que sirva para tal servicio, como lo viene haciendo desde hace cuatrocientos años. ¿Cuántos edificios pueden presumir de ser los decanos en lo que hoy es México y casi en América? Según lo dijimos, dos: Yucatán y Guadalajara.

Historia y significado de la Catedral tapatía

Tal y como se llama la obra que coordinó el doctor Arturo Camacho Becerra (2012) para explicar cómo la catedral tapatía es el monumento patrimonial más antiguo, señero e imponente de la capital de Jalisco y del Occidente de México, no menos que el núcleo de la cultura y su desplante en el Occidente novohispano, puede uno afirmar que se trata del edificio más emblemático en este suelo, que se comenzó a construir a partir de 1573 y se estrenó en la fecha cuatricentenaria que estamos subrayando.

Desde hace 70 años, ese inmueble se sitúa al centro de una cruz de plazas, lo cual le hace único en el mundo, circunstancia posible a partir de 1947 gracias al arquitecto Ignacio Díaz Morales, que excluyó en su proyecto la destrucción del antiquísimo templo de la Soledad y del edificio anexo a ese recinto, que se decidió contra su parecer, por lo que en ese punto debió reemplazarlo el arquitecto Vicente Mendiola Quezada (1900-1993), quien demolió ambos monumentos, reemplazándolos con el jardín hoy conocido como Rotonda de los Jaliscienses Ilustres.

Antes de la catedral definitiva hubo en Guadalajara cuatro provisionales: la que ocupó el primer templo parroquial, dedicado a San Miguel Arcángel, al tiempo de crearse el obispado en 1548; la que en ese mismo lugar reedificó el primer obispo, don Pedro Gómez Maraver, sin licencia regia ni papal para tal cosa, y la que luego de 1560, cuando se reconoció a Guadalajara como capital y mitra del reino de la Nueva Galicia en lugar de Compostela, que hoy forma un municipio del Estado de Nayarit, se alzó en donde hoy está el ya mencionado jardín de la Rotonda, construido en 1565 y devorada por un incendio 9 años después, pues estaba cubierta con zacate, y la segunda, que ya amenazaba ruina al tiempo del traslado solemne del Santísimo Sacramento y del acto oficial con el que se estrenó la definitiva, de la cual dice el obispo don Alonso de la Mota y Escobar en 1605, en su Descripción geográfica de los reinos de Nueva Galicia, Vizcaya y Nuevo León, que “es de adobe, humilde, estrecha y arruinada”, mientras que la que se está haciendo, que “es de insigne obra de sillería.”

La diócesis, acéfala al tiempo de la dedicación catedralicia

Caso único en la añosa historia de esta Iglesia particular, en 1618 no había obispo en Guadalajara porque quien lo era desde 1607, fray Juan de Valle y Arredondo, de la Orden de San Basilio, luego de diez años de ejercer su oficio con virtud y constancia, se consideró incapaz de seguir en él y presentó su renuncia y regresó a España en 1617, donde murió un lustro después.

Y bien, estando la catedral provisional a punto de desplomarse y la obra definitiva ya lista para ser usada, pues se habían cerrado sus bóvedas, el deán del cabildo eclesiástico dispuso que el 19 de febrero de 1618, con la asistencia de las autoridades civiles: los magistrados de la Real Audiencia y los regidores de Ayuntamiento, entre ellos Martín Casillas, Maestro de Obras de la Catedral desde 1602, se hiciera el traslado del Santísimo Sacramento de la catedral en uso a la nueva.

Monograma de Ignacio Díaz Morales labrado en la Catedral tapatía.

La ceremonia de la dedicación

Cumbre de ese acto fue la primera misa celebrada en la Catedral, y más porque la presidió el primer presbítero nacido en Guadalajara, a la sazón arcediano del Cabildo eclesiástico, el doctor don Pedro Gómez de Colio, asistido por los presbíteros don Joan de Torquemada, que cantó el Evangelio, y don Diego García, predicando el deán Ávila de la Cadena, de muy gratos recuerdos por su erudición, sensatez y don de mando, se dedicó la catedral al título de la Asunción de Nuestra Señora, y aunque el edificio se hallaba “sin adorno conveniente y sin las torres”, ofreciendo más ventajas que el ruinoso recinto apenas evacuado, por mandato del Ayuntamiento ese día la ciudad celebró como día de fiesta la apertura de la Iglesia madre.

No podemos dejar de mencionar que en este tiempo la construcción de una catedral se consideraba de interés público, de modo que el costo de su construcción corrió por cuenta del erario (la Caja Real), de los encomenderos y de los indios laboríos.

Del alarife Martín Casillas

En recuerdo al decano de los constructores del patrimonio edificado de Guadalajara se puede ver, labrada en el basamento de la pilastra sur de la puerta del perdón o puerta mayor catedralicia, la firma de este artífice, quien también se reservó un sepulcro para sí y sus descendientes donde hoy está el altar de la Virgen de Guadalupe. Allí descansa quien hizo posible la obra material de la catedral tapatía empleando la bóveda de crucería con una sola piedra clave en las tres naves con nervios, cruceros y rampantes en las laterales y terceletes en la central, en lugar de la vaída que propuso diego de Aguilera, y todas de igual altura, al modo que la usó Diego de Siloé para la catedral de Granada en 1563 y reproducirá en su momento Andrés de Vandelvira para la catedral de Jaén en 1635, atendiendo a los movimientos telúricos y falta de consistencia de nuestro subsuelo, o sea, que reemplazó los pilares con columnas compuestas de entablamento y ático, a cambio de lo cual optó por la planta más simple para el edificio: tres naves sin capillas, de casi la misma anchura y distribuidas en los seis tramos del recinto, con cabecera ochavada.

Martín Casillas nació en Almendralejo o en Trujillo, Extremadura, en 1556. Se formó con Francisco Becerra, su paisano, y Alonso Pablos, constructor de la catedral de México, a las órdenes de Claudio de Arciniega, donde se pulió en el oficio entre 1584 y 86,  habiéndolo ejercitado antes en Puebla.

A buena edad, compitiendo con el genial pintor Diego de Conchas,  pasó a Guadalajara para hacerse cargo de la catedral en construcción, siendo remunerado con tierras en los Altos de Jalisco, donde el linaje que tuvo con su esposa, Mencia González Cabrera, caló hondo, en especial Francisco, arquitecto como él.

Martín Casillas murió en la ciudad de México hacia 1635. De allí se trasladaron sus restos al lugar ya dicho de la catedral de Guadalajara, donde descansan.

Facsímil de la rúbrica de Martín Casillas, constructor de la Catedral tapatía.

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