De los muy buenos de antes. El Padre Chonito

Pbro. Adalberto González González

En el muro junto a la llave del agua, única al principio, estaba empotrada una placa alusiva al Padre Severito, en agradecimiento por haber metido el agua al pueblo de Tepozotlán de las Mujeres. La gente recurría a confesarse con él por su aspecto bondadoso y hasta de santo. Y en su ejercicio ministerial lo fueron destinando a uno y a otro pueblo, y en cada lugar siempre hizo el bien, completándole a cada comunidad lo que le hacía falta: la luz, el agua, la música y cuanto se fuera necesitando.

Al Padre Chonito lo mandaron a apoyar y a cuidar al Padre Severito, quien al salir de la sacristía para celebrar la Misa lo hacía con su bonete puesto y con la Biblia en la mano mostrándosela al pueblo, al tiempo que cantaba: “¡Viva, viva San Miguel; muera, muera Lucifer!”

Por cierto, antes de decir sus sermoncitos, él los escribía. Una vez, fue a visitarlos el Arzobispo Francisco Orozco y Jiménez, y el Padre Severito se sintió tan bien y se le hizo tan bonita y fogosa su predicación, que terminando la Misa corrió a la cocina y le preparó al ilustre visitante su tacita de atole para que se la tomara. La verdad es que Severito era un hombre muy austero en el comer; le gustaba mucho la calabaza hecha con leche y los frijoles de la olla.

Sollozando un poco, y postrado de rodillas, le ofreció al Arzobispo su pocillo de atole. El Prelado se lo bebió casi de un sorbo y luego le dijo: “¡Cómo le agradezco, Padre Severo, su fe y sinceridad! Gracias, Padre, por cuidar tan bien al pueblo. He oído de usted muchas cosas buenas”.

“Gracias, señor -le contestó Don Severito-, nomás deme su bendición”. Y el gran Obispo, antes de retirarse y despedirse lo bendijo, dejándolo contento en ese pueblito.

También el Padre Chonito había escuchado platicar varias cosas admirables acerca de su compañero. Cierta vez, supo que llegó a saludar al señor Gumersindo, el dueño de la tienda más grande, quien le ofreció un refresco: “¿De cuál quiere, Padrecito, negro o de color?”, a lo que Severito repuso: “Pues negro. Creo que sabe a panocha fermentada, pero dicen que son buenos”.

Don Gúmer estaba haciendo las cuentas de su tienda en un libro muy grueso. Y el Padre, por la temblorina de su mano, sin querer derramó la botella en dos páginas abiertas, haciendo que la tinta se corriera por ellas. Apenado, pero con seguridad, Severito le dijo al tendero: “Ciérralas, pues se mancharon todas. Ahora ábrelas y ciérralas con cuidado; espera tantito a que se sequen”.

Y, al desplegar otra vez las páginas, ¡van viendo los presentes que las cuentas y los números estaban claros, sin manchas, como si nada! Pero Severito, antes de despedirse y marcharse, simplemente comentó que “esos refrescos nuevos como que curan”. Por su lado, Gumersindo, asombrado, nada más cambió de página para seguir anotando sus apuntes. “¡Fue un milagro, que varios observamos!”, murmuraba la gente.

Otro día, Don Severito estaba afuera del pueblo esperando pasar el río, cuando vio atorada la troca lechera a medio arroyo, y miró a los hombres, que eran como seis, jalando las sogas, sudando y renegando. Entonces, el Sacerdote les gritó: “Tráiganme una soga doble, y a cabeza de silla vamos a sacarla”.

Más que convencidos, por obediencia y desesperación, casi a fuerzas le llevaron la soga al Padrecito, sobre todo al ver su relingo de caballo; pero se quedaron sorprendidos porque casi ni esfuerzo hicieron para desatorar el transporte. Dos se quedaron atrás, y él, con su caballito, sin problemas sacó  la troca llena de cántaros de leche.

“¡Ahora sí -les dijo el Padre-, síganle adelante!” Y aquellos rancheros, contrariados pero respetuosos, se le hincaron y le besaron la mano. Severo se limitó a advertirles: “Cuando Dios quiere, morusas son buenas”.

…Se hablaba de otros prodigios y anécdotas de este buen Sacerdote, que vivió muchos años, rodeado de sencillez y pobreza. En una ocasión, arribaron al pueblo el General Manuel Ávila Camacho y el Gobernador Jesús González Gallo y pasaron a saludarlo; él no hallaba qué hacer ni qué decir; nomás los había oído nombrar.

Delante de muchos curiosos, el General dijo: “Al Padre Severito no se le hace nada; a él hay que respetarlo. ¡ay de aquél que lo toque!” Luego le preguntó: “A ver, Padre, ¿qué quiere para su iglesia?” Y Severito acató a contestar: “Unas campanas”. De inmediato formularon el encargo.

“¿Y ese remilgo de caballo es el suyo?”, le espetó el Militar. “Sí, mi General”, reconoció el anciano Cura. “A ver, Sargento -ordenó Ávila Camacho-, traiga el mejor caballo y se lo da al Padre Severito”.

…Eso yo lo vi; que no me cuenten. Don Severo estaba ya muy cansado, y a mí, por ser Vicario y nuevo, me habían conseguido una casa pobre, con todo y un gallo tuerto; todo por 87 pesos y 50 centavos; pero allí pasé mis mejores años. Es más, aprendí mucho más de aquel buen hombre que de los libros. Y ya cuando Severito se murió, me cambiaron por aquellos lados de Chihuahua.

¡Ay, Chihuahua, Chihuahua, qué bonito es Chihuahua!

Dios plantó manzanas en sus laderas y planes,

y Dios mismo le dio su Barranca del Cobre.

¡Ay, Chihuahua, Chihuahua, qué bonito es Chihuahua!

Nos vamos, mi chata, en “La panocha”,

y luego nos volvemos a Guadalajara.

Seguramente a Chonito lo mandaron a La Tarahumara, donde desde un frente se ven las lucecitas de las cuevas de los indios tarahumaras, “remontados y armados a no bajarse”, como dice la gente.

Acá, en Jalisco, teníamos el mismo dicho cuando nos íbamos “a la bola” a pelear, listos, montados, armados y municionados: “¡Viva Cristo Rey y Santa María de Guadalupe, y vamos a darles o a que nos den!”

El Padre Chonito debió de andar en distintos pueblos, siempre trabajador y alegre. En su última Parroquia, cercana al Centro Médico del IMSS (Santa Ana) vivió sus penúltimos días hasta que la mujer que lo cuidaba perdió la vista y, de plano, se vino él al Albergue Trinitario Sacerdotal a que lo atendieran.

Llegó aquí, como dicen los rancheros, “de parte de tarde”. Lo acomodaron junto a mí y me preguntó el primer día qué era yo; si era Padre o qué hacía. “Estoy aquí sentado, dando la vuelta, y a usted le van a arreglar su cuarto y su cama”, le expliqué. Le dieron una buena rasurada y pelada porque venía como ermitaño; le limpiaron su silla de ruedas llena de cacas de rata y restos de cucarachas. Fue como le cambió la mirada y se quedó calmo.

La verdad es que me gustaba mucho platicar con él, al grado de que en sus días postreros me confió: “Mire, yo lo que quiero es llegar a los cien años y que me lleven a la Plaza de Armas, y ahí, que una Banda me toque ‘La circaciana’, ‘Los bosques de Viena’ o aunque sea ‘Los dos arbolitos’, ‘¡Ay, Jalisco, no te rajes!’, ‘México lindo y querido’, y si no, pues ‘Guadalajara’”.

Empezó a ponerse malo, aunque alcanzaron a celebrarle algo. Y es así como se fue: bien contento, muy a gusto y, además, bien auxiliado.

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One comment

  1. ¡Excelente!.. como todo lo que narra y escribe el Padre Adalberto. Dios lo guarde.

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