De cómo hace 90 años la violencia estatal martirizó al beato Luis Magaña Servín en Arandas

Pbro. Tomás de Híjar Ornelas

El 9 de febrero de 1928 fue fusilado en el atrio del templo parroquial de Nuestra Señora de Guadalupe, en Arandas, Jalisco, el comerciante y joven esposo Luis Magaña Servín, de oficio curtidor. Había nacido en esa cabecera en 1902 y estaba casado desde hacía dos años antes con Elvira Camarena Méndez, cuatro años menor que él; habían engendrado un hijo, Gilberto y venía en camino María Luisa, que vino al mundo cuatro meses después del ajusticiamiento de su padre, al que mandó matar el general de brigada Miguel Z. Martínez para escarmentar a los católicos de la resistencia pasiva que simpatizaban y apoyaban con los cristeros. De soltero, Luis formó parte de la Asociación Católica de la Juventud Mexicana y ya casado de la Archicofradía de la Adoración Nocturna del Santísimo Sacramento.

Quién era Miguel Z. Martínez

Dispuso de su vida, dijimos, Miguel Zenón Martínez Rodríguez, un católico oriundo de Lampazos, Nuevo León, donde nació el 29 de septiembre de 1888 y en cuyo templo de San Juan Bautista fue bautizado el 3 noviembre siguiente, hijo de Gregorio Martínez y Arcadia Rodríguez. Empero, desde que abrazó la vida miliciana en 1913, su postura adversa a la Iglesia lo llevó del denominado Ejército del Noroeste, del bando carrancista al obregonista y finalmente al callismo, en cuyas filas pasó, gracias a su ferocidad, de teniente coronel a general de brigada, y al mando del 54 Regimiento, empleó, para acabar con los cristeros en los Altos de Jalisco, toda la rudeza posible.

Habiendo ocupado con su tropa la plaza de Arandas en febrero de 1928, se acuarteló en el templo parroquial y en el curato, no bien supo el nombre de algunos católicos que apoyaban el avituallamiento de los cristeros, siendo uno de ellos el de Luis Magaña, lo mandó capturar. No pudiendo hacerlo, dispuso de la libertad de uno de sus hermanos, orillando a Luis a rescatarlo a cambio de su vida, pues el general Martínez dispuso de ella de inmediato, para lo cual convirtió el atrio parroquial en patíbulo.

Lo último que dijo Luis, en voz alta, al momento de su ejecución, fue que no era ni había sido cristero, como lo acusaba su verdugo, pero sí cristiano y que si tal era su delito asumía las causas de su muerte, perdonaba a sus victimarios y ofrecía interceder por ellos cuando estuviera en la presencia de Dios. Lo último que alcanzó a decir fue “¡Viva Cristo Rey! ¡Viva Santa María de Guadalupe!”.

Se permitió a sus padres velar y sepultar sus despojos mortales. Desde entonces, el pueblo lo honró como mártir, título que le reconoció oficialmente la Iglesia el 20 de noviembre del 2005. Sus reliquias se veneran hoy en día en el templo parroquial de Arandas.

Terrible, sanguinario y especialista en violencia estatal

Así recuerda la historia a Miguel Z. Martínez, quien llegó a jactarse de no llorar en toda su vida salvo en un par de ocasiones. Él se autodenominaba el “Huevos de Oro”.

Su hoja de servicios en la milicia lo llevó a los rangos más distinguidos: comandante de la 27ª y también de la 20ª Zona Militar con sede en Colima; encabezó el 40º regimiento, fue también diputado por Nuevo León en el Congreso de la Unión y durísimo Jefe de la Policía del Distrito Federal bajo la presidencia de Manuel Ávila Camacho y de Miguel Alemán, en gestión de la cual encubrió más de una vez a Maximino, hermano del primero de los dos mencionados; recibió el rango de General de División y hombre fuerte en Nuevo Laredo, comarca en la que gozó del respaldo de los sindicatos de las Federaciones Regionales cetemistas y el Partido de la Revolución Mexicana.

Murió el 17 de septiembre de 1967, en Monterrey.

 

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