En medio de tanta palabrería…

hermanas, hermanos muy amados en el Señor:

Dios Padre nos pide que escuchemos a su Hijo. Quiere ayudarnos a que comprendamos a ese hombre, a ese Jesús, quien, al mismo tiempo que es hombre, es verdadero Dios. Es su Hijo amado, que nos los entrega, y permite que pase por el trago amargo del sufrimiento y de la muerte.

El Señor anuncia a sus discípulos que tiene que ir a Jerusalén, que ahí va a padecer mucho y que va a morir a manos de sus enemigos, porque el Padre nos lo entregó, para que muriera por nosotros.

El aviso de Jesús a sus discípulos les ayuda a comprender anticipadamente lo que va a sucederle, para que no se sorprendan ni se escandalicen de que su Maestro va a padecer. Será humillado, sacrificado, crucificado. Los Apóstoles tendrán que acordarse que ese hombre, entregado al sacrifico de la muerte, es el Hijo único y amado del Padre, que nos lo envió para nuestra salvación.

Por eso, es importante acoger esa consigna que el Padre celestial nos da, de escuchar a su Hijo. Aquí está la clave de nuestra vida cristiana. La calidad de nuestra vida cristiana hoy, depende del grado de escucha que tengamos de Jesús. Solo escuchándolo a Él, abriéndonos a su Palabra, podemos transformar nuestra vida y nuestra sociedad, y tendremos el valor y la fuerza de vencer el mal con el bien.

Solo la Palabra de Dios nos puede mover a la conversión, a la transfiguración de nuestra vida y de nuestro mundo. Cuando alguien se presenta con humildad y sinceridad ante el Hijo de Dios, inmediatamente se hace sensible al mal que existe en su vida, y que lo tiene que evitar.

Y también se sensibiliza ante las necesidades de la Humanidad, de los enfermos, los ancianos despreciados, los niños de la calle, los pordioseros, los migrantes; se siente movido a hacer algo, a poner algo para transformar tanto sufrimiento. Mientras no escuchemos la Palabra, todo nos parecerá normal, que haya pobres, gente que sufre, todo nos dará igual, seremos indiferentes.

En este tiempo estamos escuchando tantas voces -no de Jesús-, que más bien nos cofunden, nos hacen insensibles e indiferentes. Ante tantas voces, tantos discursos, tantas propuestas, terminamos por decir que todo es palabrería, promesa, búsqueda del poder y de sus propios intereses.

Por eso, es importante que, en medio de tantas voces que ahora escuchamos, hagamos caso, en este tiempo de Cuaresma, al Padre celestial, que nos dice: “Éste es mi hijo amado (Jesús), escúchenlo”.

Toma tu tiempo, en esta Cuaresma, para escuchar, para detenerte con atención en lo que dice su Palabra. Por ejemplo, ¿cuánto tiempo dedicamos cada día o, al menos, cada domingo a escucharlo? ¿Con qué interés recibimos su Palabra? Su mensaje es de amor, de reconciliación, de solidaridad, de justicia, de paz, de felicidad, de convivencia fraterna, para resolver todos los problemas. El Padre nos lo pide, porque nos conviene escucharlo.

 

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