A mayor tecnologización, menor religiosidad

Fabián Acosta*

Conforme avanza la modernización de las sociedades, los individuos abandonan la religión; como si ser moderno, o postmoderno, conllevara inercialmente cierto grado de descreimiento. Charles Taylor advertía que conforme la racionalidad va tomando el control de la economía, y la tecnología perfecciona la manera de solucionarnos la existencia, en esa idéntica proporción, la fe en Dios disminuye o se ve eclipsada ante el ascendente imperio de la diosa razón.

El ateísmo en países europeos es galopante y en las últimas décadas se ha disparado. Una de las naciones del viejo continente, emblema de la baja religiosidad, es sin duda Holanda. Muchos voltean a ver a Holanda como un país ejemplar en muchos sentidos, pues ha implementado tecnologías limpias en el transporte (aman las bicicletas), ha legalizado el consumo de drogas, sus cárceles lucen vacías; no en vano ostenta el título del país más feliz del orbe (a pesar de sus altos índices de suicidios). En Holanda el número de ateos ya rebasa el 40% y el porcentaje de personas practicantes de alguna fe o religión apenas llega al 23% (siendo mayoría los católicos).

Esta venida a menos en el número de creyentes practicantes, ha dejado un alto número de iglesias vacías y sin financiamiento. Desde las década de los 70, del siglo pasado, más de mil templos (católicos y protestantes) han sido cerrados, desacralizados y convertidos en bibliotecas, cafeterías, bares, salas de conciertos.

El arte sagrado que antes ornaba sus interiores a parado en museos o, en el mejor de los casos, terminó como parte del mobiliario de iglesias de Asia y de América latina; custodias, copones, reclinatorios, confesionarios de templos holandeses han ido parar a iglesias pobres de países del tercer mundo. En Gran Bretaña la cifra de templos desacralizados o que han sido convertidos en salas de negocios, restaurantes, oficinas o discotecas asciende a 50 mil. En Hungría, una antigua iglesia fue acondicionada para servir de club para caballeros; el lugar donde antes estaba su altar ahora bailarinas exóticas le tributan esparcimiento para adultos a nocturnas muchedumbres de moralidad alegre o relajada.

Detrás de estos números aflora el problema del déficit natal europeo y la crisis migratoria. Los creyentes de antaño envejecen y mueren; mientras los hombres y mujeres de firmes creencias (distintas al cristianismo), llegan en flujos constantes de zonas del norte de África y de Medio Oriente. No parece remoto el día en que las basílicas sean reabiertas como mezquitas.

Bien lo advierten Taylor y con él lo haría también José María Mardones: el descreimiento es un fenómeno delimitado y casi exclusivo de las sociedades occidentales; el resto de las naciones atestiguan un resurgimiento de la fe en un clima de pluralidad y libertad religiosa, como ocurre por ejemplo en Rusia y en muchas de las antes llamadas naciones del bloque soviético (como Polonia) que dejaron el ateísmo militante, retornando al cristianismo tanto católico como ortodoxo.

*Académico UNIVA

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