El Padre Javier Robles. De aquellos Padres de pueblo en pueblo

   Pbro. Adalberto González González

Nació en San Gabriel, muy arriba de Sayula y más allá de Tapalpa, Jalisco. Debió haber entrado al Seminario como todos nosotros: nos cortaban el pelo para ir a la ciudad, donde todos andaban bien peinados y con las manos lavadas, y nos ponían los zapatos, que en el pueblo nomás usábamos los domingos.

Ya para ingresar al Seminario, el señor Cura de nuestro pueblo les decía a los Superiores lo que más o menos sabía de nosotros y de la familia, pues abundaban casos de Párrocos que habían casado a nuestros papás y hasta a nuestros abuelos.

Javier era un muchacho grandote, de los que se formaban siempre atrás de la fila, y en el salón eran de los del fondo, por su estatura. Nada sé de su vida en el Seminario o de su familia. De hecho, así he procedido al escribir de los demás compañeros Presbíteros porque a la mayoría fui conociéndolos aquí, en el Albergue Trinitario Sacerdotal.

Fue así como llegó aquí el Padre Javier con su carga de anteriores destinos pastorales: primero en Teocuitatlán; luego en Santa Cruz de las Flores; de allí pasó a San Cristóbal de la Barranca, y también estuvo en Atotonilco el Bajo y finalmente en Temacapulín; pueblos todos que se consideraban de la periferia de la Arquidiócesis.

El arte de adaptarse

Ahí en Temaca le puso el piso al templo, de modo que las mujeres bonitas quedaron muy contentas porque al reflejarse en el piso, se veían más bonitas. Cierta vez vinieron al Trinitario dos mujeres procedentes de Temaca, con la intención de platicar con el Padre Javier. Yo les dije: “Platicar no puede. Si quieren, recen con él un Misterio del Rosario”. Así lo hicieron y de ese modo transcurrió la visita, pero luego aprovecharon para decirle que se sentían muy agradecidas porque en la iglesia puso un piso nuevo y brilloso, de mosaico, y que a ellas por eso les gustaba ir al templo. El Padre les agradeció y les dio la bendición.

Por cierto, en ese poblado de Temaca había un mural del lado izquierdo de la Parroquia, y en la última parte quedó pintado el Padre Robles. Este Sacerdote era muy serio, por lo que le quedaba muy bien cualquier dicho, puntada o chiste que de repente soltaba.

Había en el pueblo un tal Alfredo, al que le preguntaron un día que cómo estaba; él respondió: “¡Al puro chin…!” En otra ocasión, al propio Padre le preguntaron cómo se sentía, a lo que contestó: “¡Al puro chin…!… como dijo Alfredo”.

El dicho Alfredo era un trabajador de todo lo que fuera: fierros, motores y cuanta cosa. Nomás les decía a sus clientes: “Déjame ahí tu chin…; voy a meterle mano y va a quedar al puro chin…”.

Por su parte, el Padre Javier inventaba un dicho en cada pueblo. A veces le preguntaban cómo estaba, y él reponía: “Aquí, firme bajo el yugo”. Otras veces respondía: “Aquí, como plato de fonda, bien fregado, despostillado y boca abajo”. A no pocos fieles se les quedaban grabados los dichos: “Somos todos iguales, pero siempre hay unos más iguales que otros. Miren nomás a don Juan, siempre sentado platicando y aumentando las ganancias. Y miren a Tereso, desde la mañana sentado en su equipal. ‘¿Qué te apuras? -le decían-, no es lo mismo bacín que jarro, aunque sean del mismo barro’… Pero quién sabe cuál de nosotros será el bacín y quién el jarro”.

Ahí mismo, en Temaca, hizo una placita frente al templo, y muy cerca había una tiendita, que era la de mayor movimiento por contar con el único teléfono del pueblo. Por las tardes se ponían las mujeres a coser, a deshilar y a hacer costura. Era cuando los de la tiendita iban a avisarles que les hablaban sus hombres, sus hijos y parientes del Norte. Nomás estaban listas oyendo a qué horas les hablaban por teléfono. Y es que era un pueblo solo, a veces hasta de puertas abiertas, porque la mayoría de sus hombres se había ido a trabajar a Estados Unidos.

En camino hacia el final

Entre un pueblo y otro de sus destinos le compraron una carcanchita para que no anduviera a pie todo el día, hasta que en cierta ocasión, por la noche, un caballo le dio un repegón y lo dejó por ahí abandonado en su casa. Una vez, ya por acá en Tlajomulco, le llegaron por sorpresa unos anticuarios, que se metieron a los tejabanes del Curato y sacaron tres cuadros desvencijados, y nomás les dijo: “Llévenselos y denme lo que quieran; estoy necesitado para arreglar el templo”. Pero resulta que uno era un “Estrada”, muy bueno; otro era una “Ascensión”, del Siglo XVIII, y el tercero un “San José” en cobre. Después de un tiempo, el Padre Javier tuvo que pagar el monto real de aquellos cuadros que, por no saber, le salieron muy caros.

Cuando llegó aquí al Trinitario, empezó, como todos, a querer irse. Estaba más o menos bien de su salud, pero comenzó a tener sus dolencias, pero luego se calmaba viendo la imagen de Santa Edwiges, a la que amaba mucho y que le habían traído a su cuarto. Y es que le hizo una iglesia enterita y muy moderna.

El día de la Consagración de ese Templo fue el Cardenal Arzobispo José Salazar López, cerraron las calles por todos lados y se sirvió entre toda la gente una comida como acción de gracias. Por ser un Padre muy serio y callado, el Cardenal Salazar le puso “El alemán”.

Un día, nomás se desapareció de Santa Edwiges. Lo llevaron al Hospital de San Francisco para arreglarle la cadera, y cuando lo trasladaron al Trinitario expresaba su dolor con un quejido muy fuerte.

En cierta ocasión me dijo: “Vamos a mi casa que tengo por ahí en una colonia; tengo un gallo y un perro, y se vive muy a gusto”. Yo le advertí: “Pero, ¿con qué pasos y con qué pesos vamos a pagarle al que nos lleve? Mejor vamos a seguir sentados en nuestra silla de ruedas”. Se quedó pensando y convino: “Está bueno, dices bien; uno piensa que ya saliendo de aquí puede uno caminar y dar la vuelta por ahí”. De pronto se quedó adormilado e intenté encaminarme a mi cuarto, pero me ordenó: “¡No te vayas!”

Un compañero, otro día en el comedor,  lo observó serio, se le acercó y le preguntó si estaba enojado. “No -le respondió-, sólo los tamales y los burros están enhojados” (porque al tamal lo envuelven en hojas, y a los burros les dan a veces puras hojas de la milpa). Era muy formal para sus cosas y muy limpio con las cosas de la iglesia. No toleraba que el sacristán o los acólitos pusieran las hostias en el copón; sólo él ponía sus hostias y arreglaba su cáliz.

En uno de esos días que amaneció de buenas nos contó un chiste que, desde entonces, se le quedó como “el chiste del Padre Javier”. Decía que en un pueblo casó a un muchacho y a una joven, buena pareja, lo que sea de cada quien. Comenzaron a vivir juntos y no les faltaban los cumplidos y las palabras zalameras: “¿Cómo amaneciste, mi vida?” Pero, ya pasados los seis meses de casados, se preguntaban con indiferencia: “Quiubo, ¿amaneciste?” Y cada quien se iba a trabajar…

Pasado algún tiempo, cierto día, luego de que tuve una corta salida, al volver lo busqué para saludarlo, pero alguien me informó: “No queríamos decirte para que no te apuraras”. Y le repuse: “Está bien, pero ¿no saben a dónde se lo llevaron a velarlo, a decirle Misa o enterrarlo?”

Nadie supo decir. Como que todo fue decisión de sus familiares.

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