Los enfermos pobres, la atención de Fr. Antonio Alcalde

El Siervo de Dios, Fray Antonio Alcalde, fue un Obispo visionario por su participación fundamental a finales del siglo XVIII, para que en la ciudad de Guadalajara se edificara, abriera sus puertas a la humanidad doliente, y pudiera haber las condiciones para sostenerse a perpetuidad, el hospital más grande del nuevo mundo, y que en ese tiempo transcurrido, bajo esa premisa, la salud del pueblo fuera la suprema Ley, y lo siguiera siendo.

En nuestro tiempo se requieren estrategias para facilitar el acceso a servicios de calidad en la salud. Necesitamos luces, orientados por especialistas en este ramo, para optimizar nuestro compromiso a favor de la salud pública.

Una sincera y detallada reflexión sobre la historia del Hospital Civil de Guadalajara, nos invita, con urgencia, a renovar, en todas las formas posibles, el aspecto humanista de las actividades que desempeñan los involucrados en el proceso de la atención sanitaria, desde una actitud vital que conciba de forma integral los valores humanos, hasta la capacidad para sentir afecto, comprensión y solidaridad hacia los enfermos y su allegados.

Todo, de cara al legado que nos dejó Fr. Antonio Alcalde, genio de la caridad, y de cuyo espíritu somos herederos, máxime cundo hoy sabemos, de fuentes documentales primarias, que él mismo vivió en carne propia quebrantos gravísimos en su cuerpo, que lejos de aplastar éstos su ánimo, lo suavizaran de forma plena.

Durante los 300 años de la dominación española y los primeros del México independiente, la autoridad civil pedía a los ganaderos y agricultores, el 10 por ciento anual de sus ganancias, para destinarlo a sufragar las encomiendas, entonces, a cargo de la Iglesia, de educación y salud pública.

Fr. Antonio estuvo primero a cargo de la diócesis de Yucatán, por poco tiempo. Luego fue destinado a Guadalajara. En ambas, dejó todo un legado de caridad. El Yucatán fundó el Hospital San Juan de Dios, en Mérida. También sostuvo comedores públicos.

En la Diócesis de Guadalajara siempre destinó el diezmo al bien común. Entre las obras que le inmortalizan destacan la construcción del hospital de la ciudad, que se llamó originalmente de San Miguel, por ser el Santo Patrono de Guadalajara, y como dicho nosocomio se erigió en el edificio que primero sirvió como Parroquia, y luego como Catedral provisional de la ciudad, conservó el nombre, incluso cuando, a finales del siglo XVI, permutó el inmueble por el Convento de Monjas Dominicas de Santa María de Gracia, que mudaron a aquel su residencia, en tanto que el hospital se acomodó en el espacio que hoy ocupa el Mercado Corona, de Guadalajara, bajo el nombre de San Miguel de Belén, en referencia a la Orden Hospitalaria que lo administraba desde los primeros años del siglo XVIII.

La Iglesia tapatía sostuvo el Hospital de Belén hasta que fue secularizado, llamándose, desde entonces, el Hospital Civil. No obstante ello, siguió siendo atendido de forma ejemplar, hasta 1874, por las Hijas de la Caridad, como ahora es por la Congregación de las Religiosas Hermanas Josefinas.

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