Una vocación germinada en La Cristiada

Pbro. Adalberto González González

Con mucho detalle, platicaba él que su hermano se fue con “la bola”. Así se decía de los cristeros durante la Persecución Religiosa. Estaban posicionados entre los árboles de un bosque de encinos y fresnos. Higinio salió el primero a toparles a los federales, pero cayeron él y su caballo negro; él con todo el estómago destrozado y sus piernas inmóviles, y su caballo reventado de no sé cuántas balas.

Cayó de espaldas y el caballo junto a él; el caballo murió primero. Higinio, nomás mirando hacia arriba, veía el vuelo de los zopilotes y, con lo poquito que le quedaba de pensamiento, pensaba que, una vez caído uno, las auras y los zopilotes empiezan comiéndose los ojos del tirado. Y es que sentía debilidad en los ojos y le restaba un chorrito de voz. Nomás alcanzó a pensar y a decir quedito: “Dios mío, perdóname y toma mi vida. ¡Viva Santa María de Guadalupe y Jesucristo Rey, mi Señor!”

Una como cortina negra y espesa le cerró los ojos, y todavía pudo imaginarse: “Ojalá comiencen con el caballo”; pero no fue así. Ya cuando quiso moverse, se le soltó el cuerpo y apenas pudo musitar, como en sílabas separadas: “Al Cielo, al Cielo quiero ir”… Y bajaron los zopilotes y las auras dejando oír su conocido “crac”, y casi nada dejaron, más que las gorras, las carrilleras y los huesos. Después se arrimó toda clase de animales carroñeros, como los coyotes y los perros, que se sumaron a la sarta de alimañas.

Mi padre lo buscó por todos lados: Jalisco, Michoacán, Colima y los alrededores del Volcán, pero nunca halló su cuerpo, y ése fue el dolor de su vida, como también la angustia y sufrimiento de su madre. Arriesgando la vida, anduvo por todas partes y no apareció el cuerpo de Higinio.

Su madre recordaba a cada rato cuando lo miró partir a la Revolución Cristera y le pareció gallardo, valiente y decidido, montado en su caballo negro, inquieto y ligero. Nunca volvió.  Quizás alguien enterró, con piedad y devoción,  lo que habrá quedado de Higinio… Fue el dolor de toda su vida.

En nuestras tierras y posesiones había ahuacates y lomas para sembrar; pero todo se lo quitaron los agraristas. Tal vez por eso a Chuy le gustaba oír “Las cuatro milpas”. Decía la canción: “Cuatro milpas tan sólo han quedado; del ranchito que era mío, toditito se acabó”.

Yo creo que ése fue el principio de mi vocación. Éramos tres hermanos y una hermana, que después se casó. Yo me fui al Seminario, pero mis padres siempre con aquel dolor agudo de no haber encontrado el cuerpo de mi hermano Higinio. Seguido lo soñaba mi mamá como era él: moreno, grande, gallardo, en su caballo negro. Si alguien pasaba afuera de la casa cabalgando, ella corría a la puerta a ver si era su hijo.

…Dicen que ya hicieron “los Arreglos”. ¿Cuáles Arreglos? El Gobierno se vio perdido y luego mató más cristeros que en la misma Rebelión. Los engañaron prometiendo que, entregando las armas, los premiarían; pero los premiaron a la mala con la muerte. Muchos de ellos se fueron a la Ciudad de México, y otros, más astutos, dijeron: “¡Tengan sus Arreglos!”. Aun así, de todos modos los persiguieron.

Mis papás siguieron en su rancho, pero a poco murieron de puro dolor. Yo entré al Seminario y, como pude, hice mis estudios. Fui buen deportista, hombre responsable y de piedad. Cuando me ordené Sacerdote, fueron mi hermano y mi hermana con su rueda de chiquillos. Le salió a ella un buen esposo y más o menos acomodado.

No era yo una lumbrera, pero con lo que aprendí y seguí leyendo tuve para que me estimara la gente de la Acción Católica, de la Adoración Nocturna y los muchachos deportistas. Y es que en ese tiempo yo no nomás era bueno para el basquetbol; también me hice bueno para el futbol, y todo eso lo promovía. Además, me gustaba preparar bien mis homilías.

Y así anduve por muchos pueblos, o a lo mejor no tantos. El último en que estuve fue un pueblo al lado de las Gasolineras Cuatas. Mi hermano Salvador me siguió a todas partes porque veía que en donde quiera me respetaban y me querían. Los únicos contratiempos que teníamos eran los contrarios en los deportes, aunque casi siempre ganábamos y luego me daban a guardar los trofeos.

Llegamos a tener basquetbolistas de calidad y futbolistas muy buenos. A varios de ellos los alenté y los llevé a probarse al mejor Club, el de las “Chivas” del Guadalajara; pero era algo demasiado profesional y los chicos del pueblo no podían trabajar y estudiar. Por eso nunca se nos hizo que admitieran a los mejores.

Con los años, a mí me empezó a apretar la vejez. Dicen que no me veo bajo por indio; pero ya casi no puedo celebrar la Misa ni predicar; se me van las cabras al monte. Y confesar, muy poco. También se me murió mi hermano Salvador, que me cuidaba, y tuve que venirme al Albergue Trinitario Sacerdotal.

Me agrada el buen ambiente que hay aquí, pues me ayuda a pensar más en la muerte, en lo que hice, que me parece muy poco, aunque luego se notaba que había sembrado la semilla, además de que la gente me quería y me seguía.

Y así, un buen día se le vino una enfermedad rápida; se lo llevaron al Hospital y ya no regresó. Quién sabe los familiares qué harían con su cuerpo; si quedaría por ahí perdido como le ocurrió a su hermano Higinio, el cristero.

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