La costumbre del Carnaval en la edad media

Fabián Acosta Rico*

Los historiadores remontan los origines del carnaval a los romanos tiempos y lo derivan de las fiestas Saturnales, en honor al dios del tiempo. Esta divinidad una vez gobernó, según reza la vieja mitología grecolatina, en una remota época de paz y luz; una era dorada cuando resultaba difícil distinguir a los hombres de los dioses. Pero quien fuera también conocido como Cronos sucumbió al hijo que no devoró y de regia divinidad mutó a numen de la oscuridad y de los más ocultos deseos (dios melancólico y tenebroso). A este aspecto sombrío o demoniaco del Dios hacían referencia las Saturnales; en estas celebraciones los esclavos mandaban a sus amos alegrizando una inversión del orden social; una subversión de las jerarquías propia de tiempos en los que impera el caos; un mundo al revés y por tanto bizarro.

Esta inversión del orden social, por razones de un necesario desfogue de los deseos y resentimientos, tuvo también lugar, con la misma regulación y acotamiento, en la Edad  Media en la festividad del asno, animal asimilado a satanás;  y en la celebración del Loco, durante la cual el bajo clero imitaba de forma grosera a la alta jerarquía católica y cometía, bajo ciertas licencias, actos sacrílegos…

El carnaval era precisamente tiempo para el sacrilegio y demás libertades pecaminosas; permitido era sacar a pasear los demonios internos; esos que obligan al creyentes a arrodillarse en el confesionario solicitando la absolución por pecados recurrentes. Como en el Carnaval de Florencia, los participantes gozaban, por contados días, de la libertad que el anonimato confería; pues dado que era la usanza o costumbre portar una máscara que ocultaba el verdadero rostro, podía la persona trasgredir los cánones y normas sin ser reconocido. No obstante, la máscara alegorizaba, en realidad, la esencia más oscura, sucia o crápula, del individuo. Las máscaras utilizadas en el Medievo eran deliberadamente grotescas, como rostro de alebrije, pues pretendían representar las proclividades pecaminosas de las personas; que bien  podían ser lujuria, gula, pereza, ira… es decir, la máscara sería, bajo esta intención simbólica, un exteriorización del rostro oculto de la persona; una materialización, en términos de la psicología profunda, de su sombra.

Desfogada el alma de todas su bajas pasiones; saciado el cuerpo de sus apetitos más carnales; podían entonces hombres y mujeres entregarse a los actos de expiación y penitencia propios de la Cuaresma. Pecar para luego poderse arrepentirse y ser salvados por Dios. En estos muy postmodernos tiempos, los carnavales son cosa de cada ocho días; se puede decir, que muchos viven en un interrumpido frenesí de excesos; para ellos, mascara y rostro han logrado fusionarse en el descaro de una existencia siempre llevada al límite.

*Académico UNIVA

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