Presupuestos bíblicos de la libertad

Peripheria: Iglesia en Salida

La Biblia no tiene una definición de libertad, pero en ella se fundamenta, en cuanto que Dios llama al hombre, en el marco de la historia de la salvación, y espera de él una respuesta.

Pbro. José Marcos Castellón Pérez

En el principio, Dios crea al ser humano por medio de la Palabra: “Dijo Dios…” (Gn1,26), por lo que se puede intuir el proyecto divino de encontrar en el hombre un sujeto capaz de respuesta. Dios crea al hombre como un tú con el cual poder relacionarse; en cuanto tú de Dios el ser humano es interpelado a dar una respuesta al Dios que le habla por medio de su Palabra, ya que como sujeto no puede ser agente pasivo del diálogo creativo y salvífico de Dios, pues el dinamismo de la Palabra lo insta a dar una respuesta.

Al otorgarle unas normas éticas, primero en el paraíso y después en la legislación del Decálogo, Dios reconoce la libertad humana para actuar. El Creador da al hombre una serie de disposiciones reconociendo su capacidad de asumir responsabilidades. Si Dios prohíbe comer del árbol de la vida y del árbol de la ciencia del bien y del mal (Gen 2,16-17), si ha creado al hombre con una consciencia capaz de distinguir, por la ley natural, entre el bien y el mal y, por revelación, otorga la Ley a Israel por medio de Moisés, es porque reconoce esa libertad, incluso con la posibilidad de la desobediencia y la negación, pues el ateo o el pecador reafirma su libertad en cuanto respuesta negativa a la llamada de salvación de Dios.

Del mismo modo, la invitación a la conversión recorre toda la tradición profética y mesiánica; no tendría sentido invitar a la conversión, que implica una libre decisión, si no se contara con un sujeto capaz de tal medida en su vida. Esta constante invitación al diálogo, a la vida ética y a la conversión no podría darse si no se reconociera al hombre como un ser libre. La fe cristiana, de hecho, nace de la invitación de Jesús a la conversión y al seguimiento de él, que suscita en el corazón de las personas la decisión, es decir, la respuesta de seguirlo con todas las consecuencias que de ello se derivan.

Paradójicamente, al obedecer a los mandatos o responder a la llamada divina, no merma para nada la libertad humana, sino por lo contrario, verdaderamente se alcanza, porque se da en una relación de amor, del Dios que nos ha amado y espera que lo amemos, y el amor nos libera de todo para hacernos disponibles al amado; toda experiencia amorosa es liberadora porque el amor suavemente esclaviza y vigorosamente libera.

Antes de reflexionar sobre la libertad, como cristianos ya la hemos experimentado en la respuesta positiva que le hemos dado a Jesucristo. La libertad se inscribe, pues, en la capacidad responsorial del ser humano, creado por la Palabra de Dios, para entrar gratuitamente en el dinamismo del amor comunicativo de la Trinidad.

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