José Martín. De aquellos Padres forjados en el campo

 

Pbro. Adalberto González González

De chico, y en el campo, lo único que sabe uno es dónde están los agujeros de las tuzas, de las zorras y de las víboras, que, según cuentan, a José le gustaba sacarlas con las manos sin que le hicieran nada, porque decían que a su papá, también de nombre José Martín, lo mordió una coralilla y lo encontraron tirado y echando espuma por la boca, donde andaba cortando limpiatunas, unas yerbas que limpian con facilidad las tunas chamacueras.

Y es que ahí en el cerratillo estaba un chamacuero lleno de tunas, y cuando lo encontró Tacho, su mediero, estaba casi sin resuello; le chupó la mordida, escupió el veneno, consiguió un balde con agua, puso a remojar tabaco y luego le impuso una plasta de ese tabaco; le amarró el paliacate rojo que traía, se lo llevó a su cuarto a descansar… y se alivió. Sí, duró como una semana nada más acostado, pero la libró. Aseguraba Don José que cada año le retoñaba el dolor, pero que por eso su hijo José Martín salió inmune a las mordidas de las serpientes.

No conocía uno en el rancho más que las plantas de talayotes, las de coastecomates y las de costomates; unas eran negras y dulces, y las otras eran verdes, como tomates, pero  muy dulces. También se dan los chirlos entre los surcos con siembra. Por lo demás, si hay revoluciones y guerras, uno ni se da cuenta, a no ser por las pláticas y los miedos.

Tenía José unos perros galgos, pero afirmaba la gente que ni falta que le hacían, pues él solo agarraba los conejos y las liebres a pura corrida. Asimismo, tenía un perrito chaco, bueno para sacar tuzas de los agujeros; le decían “el mechudo”.

Las causas por las que se fue al Seminario eran pocas y sencillas: en su casa, todos hincados y con los brazos en cruz, rezaban en familia aquellos rosariotes. Además, el respeto, el buen trato con los hermanos, y el ejemplo del Padre que iba a celebrarles Misa al rancho, que se convertía en un verdadero día de fiesta.

Entró ya grande al Seminario, en aquella época en que prestaba uno el Servicio Militar a los 18 años. A José le tocó en el Cuartel Colorado. Y, como salió con “bola blanca”, tuvo que continuar el Servicio por un año en la Ciudad de México, pero allá estaba cuando sucedió la guerra entre gringos y japoneses y lo escogieron para ir a pelear en Japón por grande, bueno y valiente, pues seleccionaban a los más altos, listos y fuertes (lo cual no dejaba de ser un absurdo). Ya lo habían uniformado y armado para mandarlo allá, cuando un día antes de su salida cayó la bomba americana en Hiroshima y en Nagasaki.

Así pues, volvió al Seminario, se ordenó Sacerdote y prefirió irse a trabajar al Sur, como de Misionero, con todos los permisos y recomendaciones de sus Superiores de aquí. Su primer destino fue Yucatán, y de ahí pasó a Oaxaca. Después de muchos años de duros trabajos, de logros, derrotas y penurias, un día se sintió mal; se puso como con la memoria perdida, como confundido. El caso es que, al final de una extensa llanura, encontró un árbol grande y allí amarró a su caballo “Toñito” (de ese modo le puso a su caballo porque así se llamaba su señor Cura), y pensó acostarse a su sombra para ver si se recomponía un poco, sobre todo de su mente. Se recostó debajo del árbol y empezaron a bajar los changos por las ramas; un chango y otro chango subían y bajaban sin cuento y sin cuenta. -Por cierto, tiempo después, un compañero Sacerdote que le oía el relato, le dijo en son de burla: “Enantes no te llevó la changada”; pero José no se enojó por esa puntada-.

Se levantó de debajo del árbol, ya como descontrolado de la mente, quizá con Alzhéimer, dejó todo y se arrimó a la carretera. Eligió venirse para acá como pudo, con dinero o sin dinero, no sé, pues nomás traía su cara de hombre bueno. Arribó a Guadalajara y se dirigió a una iglesia, Santa Teresita, en la que era Párroco su tío, Don Román Romo González (hermano de Santo Toribio Romo), quien lo había ayudado desde el Seminario.

Por fin llegó al rancho de Santa Ana, en Los Altos de Jalisco, donde familiares, trabajadores y rancheros en general comentaban con enfado: “Nomás los exprimen primero, y luego los traen a su familia”… Muy duro, pienso yo.

De ahí lo remitieron al Albergue Trinitario Sacerdotal. De por sí era muy callado José Martín, aparte de que venía como lejano de todo lo que le decían. Se juntaba a los grupos que platicaban y él solamente oía muy respetuoso. Cuando le preguntaba uno por alguna canción que le gustara, siempre salía con aquella canción que decía:

“Soy un ranchero afamado

que de la sierra he bajado;

vengo a gastar mi dinero,

no vengo a pedir fiado”.

Ja ja ja, soltaba la risa José, porque se sentía alegre. Entonces le hacíamos la broma de que él no necesitaba ni caballos ni galgos para atrapar liebres porque las perseguía a campo traviesa y las agarraba de las orejas para luego echarlas a la cazuela; que metía las manos al escondrijo de las serpientes, sacaba el puño de culebras y nada le hacían.

Aquí en el Trinitario le echó muchas tanteadas al barandal, que es alto, por cierto, y algunas veces logró salirse, aunque luego lo hallaban en Santa Teresita. Tuvieron que acondicionarle una cama grande para que cupiera aquel hombre de semejante tamaño. Cuando yo lo vi por vez primera, luego luego dijo: “Éste es de Los Altos”. Y sí que atinó.

Poco a poco fue marchitándose y murió en santa paz, con su gran estatura, su sencillez y bondad.

 

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