¡A vivir se ha dicho…!

 

“La esperanza cristiana es la expectativa de algo que ya se ha producido y que tenemos la certeza de que se realizará en cada uno de nosotros…”, Papa Francisco

Fernando Díaz de Sandi Mora

A lo largo de la historia, los deseos del ser humano por trascender, por permanecer, por ser inmortales, esa necesidad de eternidad surge del llamado a regresar de dónde venimos, para ser lo que ya no somos.

Todos los días ensayamos la muerte: dormimos y tras cerrar los ojos, dejamos, al menos de manera consciente esta realidad; pero, la naturaleza sigue, el tiempo pasa, la vida sigue y algunos nos vamos quedando en el camino.

¿Cómo lograr permanecer? ¿Cómo vivir sin el miedo, la angustia y hasta el pavor a desaparecer, a terminar? ¿Cómo disfrutar de la vida y lo que hay  en ella, de la presencia efímera y rápida de aquellos que amamos y que sin más, un día concluyen su travesía en este viaje de la vida? ¿Cómo gozar del maravilloso regalo de la vida, si como decía mi abuela… “esto no dura más que un suspiro”?

La única respuesta a estas preguntas, la otorga el silencio del sacrificio, la certeza de que hace mucho tiempo, Uno ya pudo… Uno ya lo hizo… Y fue el amor la fuerza que le ayudó a dar un sentido distinto a la realidad más irrenunciable e indefectible de la vida: la muerte.

Desde aquél día en que ese sepulcro en particular se quedó vacío, la muerte cobró un nuevo sentido. ¿Cómo podría la muerte tener un sentido si la muerte es el final de todo? El evento de la resurrección cambió por completo el discurso. La muerte dejó de ser el fin para convertirse en un principio sin final.

La certeza de que la muerte sólo es una tapa más de la vida nos impulsa, motiva, inspira y compromete a generarnos y construirnos una vida tan intensa y efectiva que sea capaz de trascender, dejar huella, compartir un legado de amor.

¡A vivir se ha dicho…!

A dejar de lado la mediocridad de una vida sin rumbo, sin intención o sin propósito.

A renunciar al derecho a la crítica, a la queja, a tener siempre la razón, a controlarlo todo.

A abandonar los pensamientos depresivos, angustiantes de pasado o futuro, sin gozar del presente.

A perdonar, a perdonarse, a perdonarlo todo.

A manifestarnos el amor, los sentimientos, a compartir, a dar a servir.

Llegó el momento de vivir como personas que están disfrutando de la vida y no vivir como personas que día a día se están muriendo, aplastados bajo el peso de la rutina, de una fe enana, de fechas y ritos sin conocimiento y sin impacto en la realidad personal.

La cruz y la tumba son sólo el recuerdo de una trascendencia, de un llamado constante, permanente y universal… ¡A vivir…!

Facebook/Fernando D´ Sandi

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