Podemos tocar al Resucitado

Hermanas, hermanos en el Señor:

Los humanos, a veces, podemos tener ideas erróneas de quién es Jesús. Pensamos que es una leyenda o una buena persona, pero que nada tiene que ver con nuestra vida.

El Señor Resucitado despeja todas estas dudas. Nos asegura que es una persona viva. Con sus apariciones, luego de la Resurrección, quiere que tengamos la certeza de que venció a la muerte, que lo podemos tocar y que podemos encontrar realmente con Él. ¿Cómo? Escuchando su Palabra, cuando nos abrimos sin prejuicios, con humildad y sinceridad a escucharlo; se hace presente, se nos da a conocer, nos participa su fuerza salvadora, porque Él está vivo.

Cuando nos reunimos como hermanos, en torno a la Mesa, en la Misa, para la Fracción del Pan, Cristo resucitado nos garantiza su presencia. Está vivo para darnos vida, y lo vemos palpable cuando nos dice: “Tomen y coman, esto es mi Cuerpo… Tomen y beban, ésta es mi Sangre”, para que tengamos vida en abundancia. En la Eucaristía celebramos esta presencia real, no imaginaria ni simbólica.

Así, en el seno de un hogar, en la familia, cuando los padres conviven con sus hijos, cuando comparten el pan, el trabajo del papá, el cariño de la mamá que preparó los alimentos, y en armonía participan de los alimentos. En este círculo de amor y de entrega podemos tener la certeza de que ahí está el Resucitado, el Espíritu de Cristo.

En toda situación, donde compartimos con el más necesitado, con el enfermo, con el que está triste, con el que está solo, hacemos presencia del Espíritu del Resucitado, que venció la muerte, el mal y el pecado, y que vive para siempre.

Las lecturas de la Sagrada Escritura de este tiempo pascual nos invitan a que avivemos nuestra fe. No creemos en una idea, en una leyenda o en un fantasma; creemos en una persona viva, que murió, pero que resucitó, que está viva entre nosotros, para darnos vida.

Avivemos nuestra fe, no esperemos señales espectaculares para convencernos que Cristo vive. El Resucitado llena, con su Espíritu, todas las situaciones humanas en las que se vive el amor, la fraternidad, el servicio, el perdón, el interés de unos por otros, compartir, ayudarnos. En todas estas instancias humanas podemos descubrir el Espíritu del que venció el mal, y vive para siempre.

Agradezcamos su triunfo y su presencia, llenémonos de la esperanza que nos da tener a Jesús caminando con nosotros, en los tiempos buenos y en los tiempos malos; en los tiempos más difíciles de nuestra Patria y en los tiempos más prósperos. Así tenemos que sentirnos acompañados por Él, incluso en situaciones injustas, donde se producen muertes de inocentes (pensemos en Siria), en cualquier parte del mundo donde se está dañando la integridad de la vida.

Pensemos que el Resucitado nos puede salvar de esas situaciones dolorosas y trágicas. Dios puede hacer que, de nuestras obras egoístas y malas, surja la vida, que surja lo bueno. Tengamos presente a todos nuestros hermanos que sufren por situaciones injustas. Y nosotros, seamos constructores de paz.

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