Se le cumplió llegar a los 100 años

Pbro. Adalberto González González

Siendo yo Capellán del Templo de Santa María de Gracia, en pleno Centro de Guadalajara, un Padre con evidente cara de hombre bueno me pidió un día celebrar Misa ahí los sábados y estuvo yendo durante algún tiempo. Yo le daba algunos centavos, cien pesos para ser más exactos, y enseguida se dirigía a La Merced para confesar.

Ya por la tarde, se regresaba a su casa, siempre en camión, pese a su avanzada edad y limitaciones físicas. Creo que vivía por el rumbo de Talpita en algún jonuco que le había prestado el Arzobispado. Después me di cuenta de que había una señora que lo atendía y que estaba dizque cuidándolo, y que esperaba, más que nada, los cien pesos para comprar algo qué comer.

Pasado un corto tiempo, empezaron a olvidársele las cosas. Si a Misa debía ir los sábados, llegaba el lunes, y el sacristán me decía que ya no recordaba oraciones o partes de la Misa; incluso sufría de incontinencia al estar celebrando, por lo que el sacristán estaba al pendiente de eso y de otros detalles. Muy pronto dejó de ir.

Fue cuando el Padre Ecónomo de la Arquidiócesis, Juan González, también Capellán de La Merced, echó de ver que el Padre Fernando Navarro Escoto dejó de acudir a confesar y no resultaba por ningún lado. Entonces fue a buscarlo a su casa y lo encontró caído de la cama y hecho todo un desastre. Entonces lo llevó al Hospital San Francisco, donde le pusieron una prótesis, creo que en la cadera, además de que tenía lastimado un brazo.

El Padre Fernando era demasiado estricto en cuanto a las normas de la Iglesia. Cuando llegaba al Arzobispado a dar cuentas, no dejaba de repetir: “Debo dos binaciones, tres binaciones, cuatro binaciones”, y en la Caja reportaba exactas sus dos binaciones, sus tres binaciones, sus cuatro binaciones. Tenía fijado un día para pagar y nunca le fallaba. Lo regular era que en eso, en la honradez, cifrara su salvación, y él era así, como también los de su generación (se ordenó Sacerdote en 1940).

Acostumbraba cargar un morralito de lana; quizás de más joven usó maletín o alguna valijita, pero empezó a ver a los de las Comunidades de Base y la Nueva Evangelización con morral, anillo y huaraches. Hasta eso, él no usaba anillo ni huaraches; sólo se le quedó de esos Movimientos el portar morral.

Llegamos aquí al Albergue Trinitario Sacerdotal casi al mismo tiempo (mediados de 2010). De manera gradual, él se fue aliviando de su cadera y de su brazo, de modo que le daba por cantar “La donna e mobile” parodiándola con una tonadilla: “Los automóviles”, y así hasta llegar a Dios. También otro canto cuya letra no se me grabó completa, así como tarareaba la canción de “Tiro lo tiro, lo tiro liro liro, tiro, lo tiro, lo tiro lirolán; el piojo y la pulga se iban a casar, y no se casaron por falta de máiz”…

El Padre “Navarrito”, como otros le decían, fue Vicario en Arandas; aquí en Guadalajara, en San Felipe de Jesús y en San Juan Bautista de Mexicaltzingo, aparte de Capellán Auxiliar y confesor en Nuestra Señora de las Mercedes.

Repetía su deseo de llegar a los cien años y vestido de charro. Esto último no se le concedió, pero sí cumplir un siglo de vida, y por eso en El Trinitario se le hizo una fiesta muy solemne y una comida.

Jamás vi un familiar que lo visitara o acompañara. Pero, como quiera que sea, el 14 de enero de 2014 vio cumplida su ilusión de llegar a sus cien años.

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