Predicación comprensible

Pbro. Armando González Escoto

Dicen, los que dicen saber, que en el mundo de la comunicación se manejan dos tipos de lenguajes: El universal y el direccionado.

El lenguaje universal suele ser muy práctico, se emplea para dar información, advertencias, instrucciones sobre procesos simples o medidas preventivas; pero si se usara para comunicar otro tipo de mensajes, el porcentaje de comprensión de los oyentes sería del 20 por ciento.

El lenguaje direccionado es mucho más complejo y especializado, tiene que ver con un análisis previo del tipo de receptores a los que se quiere llegar. Este análisis supone tener en cuente la edad, el espacio en que se vive, rural o urbano, periférico o central, la escolaridad, la condición económica, el tipo de cultura, etc. Quienes manejan con profesionalidad este tipo de comunicación pueden lograr un porcentaje de comprensión de más del 80 por ciento.

Quienes usan tanto del lenguaje universal como del direccionado, deben además advertir que, tanto las palabras como las frases, o cualquier otro reactivo comunicacional, tienen un determinado nivel de caducidad. Es decir, las palabras a fuerza de tanto usarse acaban por perder valor y contundencia, este desgaste puede incluso, afectar seriamente las realidades que se expresan por medio de esas palabras demasiado usadas, teniendo como consecuencia el que los oyentes ya nos las registren, ya no las procesen; algo similar a lo que ocurre cuando un tornillo se “barre” imposibilitando el poderlo girar.

Cuando los padres de familia pretenden seguir educando o corrigiendo a sus hijos con palabras o reactivos desgastados es natural que los hijos simplemente no registren lo que sus padres les dicen, no porque no quieran hacerles caso, sino por la simple razón de que el desfase entre el modo de hablar de unos y de otros impide la adecuada comunicación.

Sin duda uno de los problemas y de los retos más serios que enfrenta la Iglesia contemporánea es justamente de carácter comunicacional. Cada vez más, el número de personas que todavía entiende el lenguaje de la Iglesia se reduce, es decir, se va limitando a las personas de mayor edad, en tanto que las nuevas generaciones, al haber nacido y crecido en un mundo de lenguaje distinto, quedan marginadas ante el mensaje de la Iglesia. Dicho de otro modo, los jóvenes no van a la Iglesia por la sencilla razón de que no entienden lo que ahí se comunica, sea por medio de la palabra, que por medio de los gestos o de los ritos.

La comunicación es una estructura compleja que implica múltiples factores, no reducibles a la mera “traducción” de unas palabras viejas por otras nuevas; se trata siempre de una cuestión estructural, cultural, su manejo eficiente exige de una constante preparación, que nos ayude a pasar de un lenguaje universal obsoleto, a un lenguaje direccionado y actual, en el mejor de los casos. Sin embargo hay un lenguaje que todo mundo entiende, el de la caridad solidaria, un lenguaje en el cual el Papa Francisco es experto.

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