La democracia participativa y el ciudadano católico

Pbro. Ernesto Hinojosa Dávalos

Establecido el compromiso social del cristiano, es de vital importancia descubrir de qué manera puede participar de la vida social en todas sus dimensiones. Para esto, la Doctrina Social de la Iglesia establece uno de sus principios rectores de la vida social, consecuencia de la subsidiariedad, por medio del cual, el cristiano «contribuye a la vida cultural, económica, política y social de la comunidad civil a la que pertenece» CDSI 189.

Es el principio de la participación; cuyo objetivo último mira al bien común. Participar de la vida social es un deber del que nadie queda exento y al que no se le puede poner ninguna limitación o restricción, es decir, se extiende a todos los ámbitos de la vida social en el que sea como individuo o asociado, la persona se convierte en el centro y motor de las instituciones, particularmente en una sociedad de orden democrático.

Sin la participación del ciudadano no se entiende la democracia debido a que “toda democracia debe ser participativa” (Centesimus annus, 46).  Así nos recuerda Pablo VI que la participación es una forma de la dignidad del hombre y de su libertad porque ejercita sus derechos y con el cumplimiento de sus obligaciones, responsablemente contribuye a consolidar una sociedad inclusiva e igualitaria. Al participar en la vida social se ejercita la propia libertad; sólo en la participación se concreta la libertad.

Una sociedad digna de la persona, es fruto de la corresponsabilidad de cada individuo con respecto al bien común, exige también un fuerte empeño moral del ciudadano, especialmente de los cristianos conscientes de su responsabilidad social que, juntando también sus fuerzas, han de sanear las estructuras y las condiciones del mundo, es decir, un «empeño común para construir una sociedad más humana y más racional» (Fe y Política, José María Mardones).

Uno de los problemas más fuertes de la vida democrática es la indiferencia de los ciudadanos para involucrarse en la vida social, particularmente en el ámbito de la política. Las consecuencias de la ausencia del ciudadano en la toma de decisiones en los diferentes ámbitos de la vida social se tornan cada vez más graves.

El Papa Francisco en repetidas ocasiones ha señalado el grave problema de esta actitud en la vida social, una indiferencia que mata y humilla: «No caigamos en la indiferencia que humilla, en la habitualidad que anestesia el ánimo e impide descubrir la novedad, en el cinismo que destruye»; hacer como si nada pasa no nos libra ni de los problemas ni de sus consecuencias, «como si todo fuera una responsabilidad ajena que no nos incumbe. La cultura del bienestar nos anestesia». No podemos sucumbir a la tentación de la resignación, «“¿y qué le vas a hacer? La vida es así”. Una resignación que nos paraliza, que nos impide no sólo caminar, sino también hacer camino; una resignación que no sólo nos atemoriza, sino que nos atrinchera en nuestras “sacristías” y aparentes seguridades”, expresado en su Visita Apostólica a México, en la misa del 26 de febrero de 2016.

Por lo tanto, es necesario ser actores de la vida social, convertirse en protagonistas del cambio, ser dueños del propio desarrollo. «Ya hemos tenido mucho tiempo de degradación moral, burlándonos de la ética, de la bondad, de la fe, de la honestidad, y llegó la hora de advertir que esta alegre superficialidad nos ha servido de poco» (Laudato Si, 229).

San Juan Pablo II en la Exhortación Apostólica Christifidelis laici, 3 insiste que en las manos del ciudadano está el revertir las situaciones de pecado que tanto afectan su vida y sus relaciones. “A nadie le es lícito permanecer ocioso”.

Es importante recalcar que la comunidad cristiana nace con proyección social (Hc 2,44-45; 4,32). El apóstol Santiago es terminante en este aspecto, recordándonos que en las obras se muestra la caridad más que en las palabras: «la fe, si no tiene obras, está realmente muerta» (St 2,17).

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