Feliz Día de las Madres

Con motivo de la celebración del Día de las Madres, queremos por medio de estas líneas, rendir un merecido homenaje a quiene han sido los instrumentos de Dios para transmitirnos la vida.

Con amor filial y profunda devoción, invocamos a la Virgen María pidiendo su intercesión y le decimos: “ruega por nosotros, Santa Madre de Dios”. Ella es el modelo de santidad y de maternidad, a quien le pedimos que cubra con su manto a todas las mamás, y les ayude a ser santas hijas de Dios.

El Papa Francisco, en su Exhortación Apostólica “Gaudete et Exsultate” (GE), nos dice que le gusta “ver la santidad en el pueblo de Dios paciente: en esta constancia para seguir adelante día a día. La santidad «de la puerta de al lado»; «la clase media de la santidad»” (GE 7). Y si alguien nos enseña con su ejemplo la constancia y la paciencia, es precisamente una madre en la sala de espera de un hospital, a la salida de la escuela, en la cocina, en la espera de que lleguen sus hijos de una fiesta, trabajando fuera de casa y regresar a casa a realizar labores domésticas o ayudando a sus niños a hacer la tarea. Y es que “«La santidad no es sino la caridad plenamente vivida» (Benedicto XVI)” (GE 21).

Las mujeres, que han aceptado el desafío de la maternidad y lo viven con gozo y generosidad, pueden encontrar en ello un medio de santificación, como lo destaca el Papa cuando dice que:

“dentro de las formas variadas, quiero destacar que el «genio femenino» también se manifiesta en estilos femeninos de santidad, indispensables para reflejar la santidad de Dios en este mundo. Precisamente, aun en épocas en que las mujeres fueron más relegadas, el Espíritu Santo suscitó santas cuya fascinación provocó nuevos dinamismos espirituales e importantes reformas en la Iglesia. Podemos mencionar a santa Hildegarda de Bingen, santa Brígida, santa Catalina de Siena, santa Teresa de Ávila o santa Teresa de Lisieux. Pero me interesa recordar a tantas mujeres desconocidas u olvidadas quienes, cada una a su modo, han sostenido y transformado familias y comunidades con la potencia de su testimonio”.

Por eso, en este día especial, queremos reconocer y agradecer el amor de tantas mamás que se traduce en acciones y gestos muchas veces silenciosos y ocultos, pero invaluables. Oramos por aquéllas que pasan por alguna dificultad, y por el eterno descanso de quienes se nos han adelantado en el camino de la vida. A todas ellas, las ponemos bajo la protección de nuestra Madre del Cielo. “Ella es la que se estremecía de gozo en la presencia de Dios, la que conservaba todo en su corazón y se dejó atravesar por la espada. Es la santa entre los santos, la más bendita, la que nos enseña el camino de la santidad y nos acompaña. Ella no acepta que nos quedemos caídos y a veces nos lleva en sus brazos sin juzgarnos. Conversar con ella nos consuela, nos libera y nos santifica. La Madre no necesita de muchas palabras, no le hace falta que nos esforcemos demasiado para explicarle lo que nos pasa. Basta musitar una y otra vez: «Dios te salve, María…»” (GE 176).

Dimensión Familia del Episcopado Mexicano

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