Adalberto Navarro Sánchez a cien años de su natalicio

Pbro. Tomás de Híjar Ornelas

La noche del lunes 23 de abril del año en curso 2018, el Museo de la Ciudad de Guadalajara sirvió de escenario al homenaje que rindió la corresponsalía del Seminario de Cultura Mexicana en esta ciudad a quien fallecido en 1987 fungió hace muchos años como su Presidente

Bajo el nombre que intitula esta colaboración, tomaron parte en él sus descendientes, condiscípulos y allegados así como distinguidas personalidades, como la regidora con licencia Ximena Ruiz Uribe y su señor padre, el licenciado Eugenio Ruiz Orozco, quien fuera alcalde tapatío hace algunos años.

Actuó como moderador del homenaje don Efraín Franco e hicieron uso de la palabra Sara Velasco, Socorro Guzmán Muñoz y Raúl Bañuelos para recordar al que fuera su muy querido maestro en las aulas de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Guadalajara, de la que fue fundador.

Uno de los hombres más cultos y eruditos de Jalisco

Oriundo de Lagos de Moreno, Jalisco, donde nació el 23 de abril de 1918 del matrimonio formado por Felipe Navarro y María Sánchez, quedó huérfano de padre antes de nacer, reemplazando la figura paterna su tío, el presbítero Cecilio Sánchez, quien lo inició en el cultivo de las letras e influyó para que cursara el bachillerato en el Seminario Conciliar de Guadalajara, institución que subsistía en la clandestinidad porque los gobiernos civiles de entonces la prohibían, y donde coincidió con el jalisciense que más lejos ha llevado en la literatura el nombre de su patria chica, Juan Rulfo.

Desde muy joven, Navarro Sánchez definió su vocación como cultor de las bellas letras, en especial de la poesía, bibliófilo y maestro. Fue por eso editor, impresor, librero y encuadernador y decidido impulsor del ingenio de muchas generaciones de estudiosos. También fue catedrático fundador de la Escuela Normal Superior de Jalisco y Secretario de la Casa de la Cultura Jalisciense.

Casó con María Luisa Hidalgo en 1939, que además de darle cinco hijos secundó a este apasionado editor de revistas literarias en muchos de sus proyectos: Índice (1936), Prisma (1940), Navegación Poética (1942), Pan (1945) y Et Caetera (1950), la primera revista mexicana totalmente literaria. De su cosecha dio a la luz pública los títulos Ejercicios (1934), Pasión de la tierra (1941), Liras y palabras dentro del mar (1944), Primavera en invierno (1951), Espejo del Gólgota (1952), El sueño herido y otros poemas (1953), Las horas situadas (1968), Estudios sobre literatura mexicana de José María Vigil (1972), Signo (1984), Agustín Yáñez: sus primeros libros (1985); Reunión de poemas, 1934-1984 la recopilaron Fernando Carlos Vevia Romero y Francisco Ayón Zéster, 1984) y Los escritos sólo el primero, en 1988.

En la memoria de sus alumnos

Sara Velasco reseñó la vida de su maestro subrayando la participación que en el proceso tuvo su tío sacerdote y su paso por el plantel levítico, que le dejó imborrables sedimentos espirituales. Enfatizó su reticencia a cambiar Guadalajara por horizontes más amplios y a su perseverancia en impulsar aquí la vena literaria de sus discípulos y de los adictos del corrillo que alentó en su taller, ubicado en la confluencia de las céntricas calles de López Cotilla y Ocampo.

A Socorro Guzmán le pareció sintomático que su mentor viniera al mundo en el que hoy es el Día Mundial del Libro e hizo un recuento de su erudición y afán por divulgar lo esencial de las letras jaliscienses del siglo XIX.

El poeta Raúl Bañuelos recordó al experto editor, al académico de la lengua nacido el día de San Adalberto de Praga, obispo y mártir y al poeta que vivió la vida entera dentro del asombro de la existencia humana. Recordando que como nadie es profeta en su tierra recalcó cómo aun no llega el merecido reconocimiento que merece la gran obra poética de Navarro Sánchez que, pidió, Dios pronto llegue.

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