Del Padre Nacho Gracián. La Mecanografía como puntal tecnológico

Pbro. Adalberto González González

El Padre Nacho nos daba clases en el Seminario, de cómo escribir en máquina. Era la primera del horario de la mañana, cuando el desayuno va bajando. A propósito, me acuerdo de un compañero que arrasaba con todo lo que había: una taza de avena, frijoles y tortillas, que no perdonaba. Por eso, cuando de momento no había, las esperaba hasta que llegaran. Al fin y al cabo, se metía luego al gimnasio a ejercitarse en las argollas marinas para que se revolviera todo: frijoles, tortillas, leche, avena y todo lo que hubiera.

Para la primera clase ya estaban listas todas las máquinas de escribir como un altero de fierros. Se veían ya muy usadas, pero siempre infallables. El Padre Ignacio Gracián Ordaz, portando invariablemente su mochilita como de Doctor, pronto escribía con gis en el pizarrón: “Quiqui caca canal. En la Semana Santa, matraca, y el Campeonato de Futbol en Europa”.

También dictaba o apuntaba algunas reflexiones: “En el Valle del Silicón, donde nace toda la tecnología del ‘Apol’ (la manzanita) y de la televisión, se preguntó un científico con cachucha de beisbol si Dios resentiría o soportaría la tecnología, inmerso en los cambios del mundo actual, y el entrevistado asintió en esa disertación. No dijo nada. Y en realidad no era nada ese sopor del siglo presente.

“Todos somos y venimos de Juan Ferrus Estanus, parientes de la mala vida, hijos de la sinrazón y tirándole con derecho a empeorar. Siempre que nos proponen algo, ahí vamos a comprar lo que nos dicen; hacemos lo que tiene y está divertido. ¡Bendito sea Dios!”

Luego el Maestro nos ordenaba: “Todo eso cópienlo y enseguida se los reviso. Añadan cien veces: ‘quiqui caca canal’”.  Entonces sacaba su periódico del día y se ponía a leerlo. Al llegar a la Sección de Deportes, si había ganado el Guadalajara, gritaba: “¡Arriba las Chivas!” y nos contaba detalles, antes de revisar nuestros trabajos. A veces nos tapaba el teclado para que no viéramos las letras, pero nunca nos vendó los ojos, como se acostumbraba en aquellas Academias de entonces, y se portaba con nosotros muy diferente a otros Profesores.

Por ejemplo, nada más de voluntario, se acomedía a hacer “mandados” a los seminaristas porque no podíamos salir a discreción. Una vez le encargué un reloj, que me salió barato, aunque pronto se me descompuso y nunca sirvió. Todavía lo tengo como recuerdo.

En tiempos un poco más remotos, los tres sueños principales del seminarista eran: tener una máquina de escribir; comprar una bicicleta para llegar más rápido al Centro en los días sin clases, y así gastar menos, y tener un abrigo más grueso para la época de frío. Por cierto, algunos aprendimos máquina hasta cuando ya estudiábamos Teología. Y si no la manejábamos con mucha fluidez y precisión, sí resultó fundamental para después, con los años, usar la computadora y los demás teclados y aplicaciones.

El Padre Nacho estudió en Roma y regresó Licenciado en Teología Dogmática y en Pedagogía, pero jamás perdió su peculiar sencillez y modestia. Junto con los Padres Felipe Aguirre y Ramiro Ramírez, fue de los Formadores que estrenaron la de Tapalpa como Casa de Estudios del Seminario, en 1961. Allá, entre otras materias, impartió la de Matemáticas a aquellos chiquillos de primer ingreso. Uno de ellos cuenta que, tan áridos los contenidos y también la forma de enseñar del Profesor, cierta vez los sorprendió así: “A ver, resuélvanme este problema lo más pronto posible y vayan anotando: En un camión urbano viajan ocho pasajeros; en la siguiente parada, bajan tres y suben tres; luego, descienden cinco y suben cuatro; en otra esquina, abordan seis y bajan dos… ¿Listos? A ver, ¿cómo se llamaba el chofer?”

Inseparable con su camarita, tomaba fotografías de importantes momentos de la vida de la Comunidad y de grupos de alumnos. Luego les vendía las fotos a 20 centavos. En partidos internos de futbol rápido, de baloncesto o de volibol, al instante previo de anotar un gol o un punto, gritaba: “¡La oportunidad de tu vida!” En encuentros más formales, en los campos deportivos del pueblo, alineaba como magnífico extremo derecho.

Nunca fue Párroco el Padre Nacho Gracián, aunque sí miembro del Tribunal Eclesiástico Diocesano. Aparte de Vicario en San Bernardo, lo fue en varias Parroquias del Oriente tapatío, como Talpita, El Señor de la Misericordia, El Espíritu Santo y Santos Crispín y Crispiniano, en las que fue muy asiduo al confesionario. A veces se quedaba dormido en la banca de algún jardín público para descansar, pero después tuvo miedo de que lo robaran o agredieran los malandrines y pelafustanes.

Por aquellos rumbos hubo un Párroco que parecía muy ilustrado por los alteros de libros en su escritorio. Platican que los acólitos le preguntaban si quería que le ayudaran a juntar y contar la limosna. Cuando aceptaba, al final los embrocaba agarrándolos de las piernas para cernirlos, y si brincaba por ahí algún veinte, tostón o un peso, los reprendía: “Lo tomaste de la limosna”. También les preguntaba cómo muerde un burro, y para explicarlo les mordía el brazo, pidiéndoles empuñar la mano. Un día les dijo a los fieles: “A mí, cuando me cambien de aquí, me voy a morir”. Y así pasó.

Al Albergue Trinitario Sacerdotal vino a parar el Padre Nacho y coincidió con su hermano, el Padre José Gracián, un sabio Sacerdote, quien falleció primero, y al poco tiempo su hermano. Su casa paterna estaba por la Avenida Javier Mina, casi esquina con la de Belisario Domínguez, pero en un segundo piso, que les dificultaba acceder ya en sus últimos años.

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One comment

  1. Claudia Rodríguez Prieto

    Yo recuerdo que fué el primer capellán de la capilla de Nuestra Señora de Loreto en Guadalajara. Yo era una niña, pero gracias a él aprendí el respeto que se debe tener al sacerdote y a orar por ellos. Tenía un carácter maravilloso y era muy carismático. Yo empecé a ir a misa todos los días gracias a él. Un gran hombre de Dios.

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