Padre José Gracián. Cuando congenian sabiduría y sencillez

Pbro. Adalberto González González

Cuando se es pequeño vive uno en su propio mundillo de escuela y de juegos. A los pueblos chicos llegaba apenas la Radio, que nomás funcionaba de las 7 a las 10 de la noche porque prendían una plantita de electricidad y los focos nos daban tanta luz como oranges con el pálpito de esa máquina.

Más adelante nos dimos cuenta de que había conflicto en el continente europeo, la Segunda Guerra Mundial, y que nos afectaba a los pueblerinos y rancheros con la escasez de lo que ahora pomposamente llaman “insumos”, como el azúcar, que no podíamos comprar sino en pedazos cortados con una hacha de fierro a las famosas y escasas marquetas de azúcar. Estaba muy escaso el arroz, el maíz entero, el frijol garbancillo, el petróleo para alimentar los aparatos, hechos de botes de chiles o de cervezas, con los que nos alumbrábamos.

Había que comer de todo lo que hubiera y de lo que se procuraba como complemento porque muchas, muchas cosas escaseaban. Y nomás nos decían que “se las llevaban” a aquellos lejanos combatientes. Rumoraban que había explotado el mayor barco que tenía México, “El potrero grande”; que habían venido los alemanes y que lo habían desbaratado. Era lo que oíamos decir a los mayores, y después se daba uno cuenta de que no era “El potrero grande”, sino “El campo grande”, y que lo hicieron los propios alemanes. De todos modos, lo hayan construido y destruido ellos o no, o haya tenido o no ese nombre, a nosotros nos salía sobrando porque ni siquiera conocíamos el mar.

De lo que sí después nos enteramos fue de que en aquellos tiempos nuestros futuros Maestros del Seminario, como seminaristas aventajados o como Sacerdotes recién ordenados, ya andaban atravesando en barco el Océano Atlántico para llegar hasta España o Italia, donde se pudiera, a fin de perfeccionar y especializar sus estudios, no obstante que todo estaba muy racionado por allá.

El Padre José Gracián Ordaz, recién regresado ya con Licenciaturas en Teología y en Sagradas Escrituras, tan inteligente como amable, fue nuestro Maestro de Latín, de Griego y de Biblia. Además de Capellán de Nuestra Señora del Pilar, de Nuestra Señora de La Piedad y de la Cruz Roja, ayudó en las Parroquias de San Luis Gonzaga y de San Martín, siendo Confesor en Clínicas del Seguro Social.

Ya siendo yo Sacerdote y como Responsable de la Oficina de Prensa y Comunicación Social del Arzobispado, en la década de los ochenta lo alcancé ahí en la Curia, donde por largo tiempo prestó muy valiosos servicios, principalmente como Director de las Obras Misionales Pontificias y como Auxiliar de los Arzobispos, sobre todo de los Cardenales José Garibi Rivera, José Salazar López y Juan Jesús Posadas Ocampo, en materia de traducción y envío de correspondencia en distintos idiomas, pues dominaba varios, además de las Lenguas “muertas”, como el Latín, Griego, Hebreo, etcétera).

Sin embargo, tal era su llaneza y talante de buen humor que, según recuerdan algunos de sus alumnos en el Seminario Menor, no se daba ni la menor importancia a sí mismo. He aquí un diálogo durante el recreo al salir él de clase:

  • Padre Gracián, ¿es cierto que usted domina una decena de idiomas?
  • ¿Quién te dijo eso, muchacho? Mira, no sé bien ni el Español. A ver, ¿cómo se dice correctamente, neva o nieva?…
  • Este… ah caray. Bueno, gracias. Ya van a dar el toque.

Lo cierto es que el Padre José sabía de todo y seguía investigando. Por eso, con mi responsabilidad de Vocero del Arzobispado, en cuanto se me atoraba algo, acudía de inmediato a él por sus profundos conocimientos de Filosofía, Teología, Historia, Sagradas Escrituras, Magisterio de la Iglesia y Derecho Canónico. Y es que ante los Medios de Comunicación tenía yo que ser correcto y muy exacto en las respuestas; pero, en plan de consulta, nunca lo encontré entropajado de trabajo, sino siempre disponible y afable.

Cierta vez, sobre el tema de los pecados graves, el perdón y la Misericordia de Dios, me dijo, muy seguro y tajante: “El que vaya contra La Santísima Trinidad no puede ser absuelto ni en esta vida ni en la otra. Fíjate bien, quiere decir que algunos pecados también son perdonados en la otra”.

Es de notar que, contra su estilo sobrio de vida sacerdotal, el Padre José Gracián recibió, directamente del Papa Paulo VI (ahora en los altares), el privilegio de perdonar y absolver pecados graves, reservados al Obispo; privilegio del que gozan solamente los Misioneros de las tierras más apartadas, y que, por excepción, el Santo Padre concedió a los Sacerdotes que acompañaron a los Cardenales Electores en el Cónclave de 1963, cuando el Padre José acudió como Secretario Particular del Cardenal Garibi Rivera, precisamente para la elección de Paulo VI.

Sin proponérselo y sin alardes, siempre sobresalió en su Grupo y entre el Presbiterio por su Virtud, Ciencia y Doctrina. Platicaba que, aunque siempre vivió en jurisdicción de la Parroquia de La Purísima Concepción, en el Sector Libertad, de pequeño optó por terminar la Primaria en la Escuela Parroquial de San Felipe de Jesús: “Es que me atraía mucho la vitalidad de esa Comunidad y el ejemplo apostólico de su joven Párroco, el señor Cura Rafael Meza Ledesma. Incluso él me llevó personalmente al Seminario, junto con Juan Delgado Regalado, que también se ordenó. Nos recibió el Padre Jesús Becerra Fernández, nos examinó y a mí me mandó a Segundo de Latín, sin cursar el Primero. Fuimos los primeros de tantos seminaristas que habría de encaminar vocacionalmente el Padre Meza Ledesma”.

Poco a poco se nos fueron yendo esos admirables Sacerdotes, como el Padre Jesús Jiménez López, de quien aprendimos mucho acerca de las Apariciones de la Virgen de Guadalupe, como también de algunas reglas que se aplicaban en el Siglo XVII en relación con la visita y recepción del Obispo. La gente acostumbraba arrimar mucho qué comer y mucho qué beber en la venida del Obispo; pero como éste comía y bebía poco con tal de irse pronto a otra Visita Pastoral, entonces los lugareños aprovechaban para hacer unas francachelas y comilonas de órdago.

Fue cuando los Prelados empezaron a prohibir ésos que no eran sino puros motivos de disipación para los fieles. En una ocasión leímos ciertas Exhortaciones de Obispos que mejor recomendaban a la gente se fuera juntando de algunas rancherías, aldeas o pueblos pequeños, pues argumentaban que resultaba demasiado difícil su pastoreo de visitas en comunidades muy dispersas, de apenas dos o tres casas…

Hubo personas que, al visitar el Albergue Trinitario Sacerdotal, solían describirlo como un lugar inhumano, hasta en la disposición de las mesas y el comedor. El Padre Gracián llegó a tener esas ideas en la cabeza, pero yo creo que las circunstancias de su situación personal de salud lo orillaron a venirse, y aquí pasó sus últimos días, que no fueron muchos. Dios lo llamó a su compañía como al buen siervo, inteligente y fiel.

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