Es momento de unidad y corresponsabilidad

Editorial de Semanario #1112

El destino nos alcanzó. Creíamos ingenuamente que la violencia y la barbarie no llegarían a nuestra ciudad y a nuestra vida cotidiana. La realidad es que desde hace 25 años, – desde la muerte del cardenal Posadas- El crimen organizado y el desorganizado nos rebasó y amenaza a todas las instituciones.

El aparato de seguridad está rebasado. Las omisiones institucionales del pasado inmediato,  hoy nos cobran la factura con más interés.

Desde que llevamos la cuenta roja de la muerte en Jalisco, 2018 está resultando el año más violento, y vamos a la mitad. La mala noticia es que hay más elementos para predecir que no mejorará pronto; debemos considerar que aún no tocamos fondo.

Según Jalisco Como Vamos, los Jaliscienses al medir su satisfacción con la seguridad pública que reciben, le asignen 3.1, en una escala en la que siete sería el puntaje más alto. Al finalizar el año pasado, uno de cada cinco habitantes de Guadalajara afirma haber sufrido un delito.

Ante la inseguridad y la violencia, está la percepción de que si las autoridades no pueden con los criminales, sálvese quien pueda, como pueda. Prevalece una actitud individualista, ante los problemas. Para la iglesia de Guadalajara, es momento de unidad y de corresponsabilidad en la tarea de reconstruir el tejido social y de construir la paz para hacer futuro.

El capital social, o la confianza de los ciudadanos en las instituciones, bajó significativamente, la corrupción en los aparatos de seguridad es el síntoma más palpable de lo precario de nuestra vida institucional.

Por la inseguridad, por un modelo económico, que privilegia la competencia sin valores humanos y sociales, y una noción de status y  éxito individualista, la pérdida de lo comunitario, es ya una constante, no sólo como principio social, sino como condición se sobrevivencia.

Esa visión de que lo que sucede en el espacio público y con los demás es responsabilidad del gobierno, debe cambiar. Pareciera que la voluntad de  los habitantes de esta ciudad está sólo empeñada en el éxito personal, en  los esfuerzos y triunfos individuales.

Han fallado las instituciones de gobierno, incluidas las instituciones democráticas,  la familia, las iglesias, la escuela, las universidades. Hay un reclamo de paz y de justicia, y no se atina al cómo enfrentar la situación.

Ante el temor generalizado, la Doctrina Social de la Iglesia nos advierte también que las instituciones de la democracia no pueden resolver el problema de la violencia con medios no democráticos, y en el combate al crimen, no se puede limitar derechos sociales y humanos, ni cederlos a cambio de seguridad.

Hoy se tiene claro en el contexto de la globalización que se requiere responsabilidad social no solo por parte de los gobiernos, sino también de los empresarios, las organizaciones civiles y los individuos.

Nos toca construir una cultura de corresponsabilidad social en la que se establezcan con precisión los derechos y obligaciones de todos y cada uno de los miembros de la comunidad en las tareas de reconstrucción del tejido social, para logar la paz; en otras palabras, construir un concepto vivo de ciudadanía que participa.

Para la Iglesia, la corresponsabilidad social  es una virtud que se basa en el amor y la justicia. Es una acción,  una estrategia y un proceso que ayuda y enseña a las personas el modo cómo vivir en plenitud su vocación de ser cristiano.

En el Catecismo de la Iglesia católica la palabra corresponsabilidad se ubica en el contexto de los “Deberes de los ciudadanos”, en la construcción del bien común, tanto en el ejercicio del derecho al voto, como en la defensa del país, en la solidaridad,  y en la vida de la comunidad.

En lo inmediato, hace falta una campaña por la paz de larga duración que involucre todas las actividades de la comunidad cristiana y civil. Una Iglesia trabajando de manera conjunta y organizada para construir el escenario de paz que a todos beneficia. Es momento de unidad.

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