Vitalidad de un Plan Pastoral

Pbro. José Marcos Castellón Pérez

Una de las dificultades más frecuentes en torno a la planeación pastoral es la de realizar un proyecto que nunca se pone en práctica sino que se queda solamente en el papel, lo que desanima a los agentes de pastoral y hace caer en la tentación de rechazar a priori todo trabajo de planeación. El plan de pastoral corre el riesgo de ser sólo papel para archivar cuando no se hace partiendo de la vida concreta de las personas y comunidades, es decir, cuando se hace sólo por especialistas teólogos y pastoralistas “desde el escritorio”, que pueden dar un excelente marco doctrinal idealizado y un marco de la realidad leído desde la academia con datos muy bien elaborados por analistas y peritos, pero que no responde a las necesidades reales de la comunidad cristiana.

El éxito de un plan pastoral está en la participación de todos los agentes de pastoral e incluso de aquellos que poco participan en la vida de la Iglesia, por lo que es necesario escuchar a todos desde las instancias pastorales más básicas, como es la parroquia, cuyo instrumento de escucha puede ser la asamblea pastoral. Nuestro Obispo ha dicho: «El que no participa no asume el plan». La vitalidad del plan pastoral está en su carácter comunitario y participativo; cuando no importa tanto el “plan escrito”, sino el proceso que ha llevado a tomar consciencia de la corresponsabilidad en la tarea encomendada por Cristo a todos los bautizados.

La vitalidad del plan está no sólo en su ejecución final, sino ya desde los primeros pasos que se dan en su elaboración, pues suponen todo un ejercicio evangelizador: saber escuchar lo que Dio nos dice a través de la realidad y de los miembros de la comunidad cristiana, juzgarlo todo con los criterios del Evangelio para poder actuar bajo el impulso del Espíritu Santo y proyectar o programar acciones concretas que adelanten la “utopía” del Reino a través de un objetivo claro y preciso. Por eso, para la acción pastoral, por lo que comporta, lo más conveniente es una metodología comunitaria y participativa, como la que se ha implementado en nuestra Iglesia diocesana.

Desde esta perspectiva, la planificación pastoral no será fruto de un aparato burocrático ni se realizará por la búsqueda de otros intereses fuera de los del Reino de Dios. Con esta metodología comunitaria y participativa, los cristianos podremos sustraernos a las tendencias propuestas por la cultura dominante, que es anti-evangélica, y ser, por la acción de la gracia de Dios, gestores de una nueva cultura, aquella que tiene sus raíces en el Evangelio.

Sin planeación, nuestras acciones pastorales, por muy loables que sean, se pierden y no llegan a impactar positivamente la realidad social. También, cuando no se tiene un plan de pastoral se corre el riesgo de no aprovechar todos los recursos y el capital simbólico que se posee, se pueden hacer acciones paralelas que desgastan y cansan, cayendo en un activismo enfermizo.

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