El Padre Iguíniz, también destacado Ingeniero

Pbro. Adalberto González González

Pbro. José Luis Iguíniz

Un Sacerdote especial. Primero hizo la Carrera de Ingeniería Civil y la ejerció por largo tiempo. A él se debe el diseño y construcción de la Presa de Osorio, en el Sector Libertad, al extremo Oriente de la ciudad, considerada en su tiempo como una de las grandes obras urbanas porque surtía de agua a una buena parte de aquella extensión, que rápido iba poblándose de casas pero aún mantenía numerosos sembradíos. Ya ahora apenas se nota lo que fue una obra de gran magnitud, pues sólo se aprecian los cimientos, y aquello fue adaptado como parque y jardín.

Da la figura de un retén de piedras, parecido a una doble cerca que llama mucho la atención en Los Altos de Jalisco, bajando por la llamada Cuesta, entre Arandas y Atotonilco el Alto. En esa época, el Ingeniero Iguíniz hizo una linacera, que todavía se observa con las líneas de una fábrica de aquellos tiempos: con las naves terminadas en punta; algo así como una lámina corrugada. Y ahí estaba, tan terminada como inútil; como que nunca se usó.

Los Gascón eran de los que concentraban la linaza sembrada en la región alteña, por allá poquito antes de mediados del siglo pasado. Mi padre ganó un premio de cantidad y calidad de producción, gracias a un campo que le rentaron en el Rancho “Los Charcos”, cerca de La Capilla de Guadalupe. Trabajaba él como Tenedor de Libros, una especie de Contador de ahora, y estaba al servicio de esas familias acomodadas de Arandas, que pagaban con “dinero viejo”.

Consta que José Luis Iguíniz edificó varias casas aquí en Guadalajara de estilo “funcionalista”, con un sello de amplitud, utilidad y buen gusto, tal como se usó a lo largo de unos años, considerándose entonces como un estilo “muy tapatío”. No sabría yo localizar o identificar las fincas que él construyó, pero de lo que sí podría poner muchos ejemplos es de su desapego. Es más, esas casas las fue repartiendo entre familiares y gente necesitada. Durante su ejercicio profesional trabajó en numerosos caminos y carreteras.

Al Seminario ingresó después de haber realizado sus obras de Ingeniería Civil. De inicio, entró al entonces denominado Instituto de Vocaciones Tardías, IVT, de donde pasó a cursar la Filosofía y la Teología. Hacia el final de su preparación, lo mandaron a terminar sus estudios al Seminario Interdiocesano de Santa María de Guadalupe, en Montezuma, Nuevo México, dirigido por los Padres Jesuitas, y allá fue ordenado Sacerdote en 1963.

Ya de regreso, dio algunas clases en el Seminario Menor, relacionadas con sus conocimientos profesionales. Entre otros destinos, estuvo como Vicario en San Pedro Tlaquepaque. Ambos coincidimos como Vicarios Cooperadores en la Parroquia de Nuestra Señora de la Paz. Ahí lo conocí como un hombre austero, aunque siempre vestía un modesto traje y usaba sombrero; de esos Padres que no sabe uno dónde viven, qué comen, dónde duermen… Así era el Inge.

Lo cierto es que vivía en una casa anexa a la Parroquia, lo que le facilitaba aún más cumplir con su ministerio, en especial administrar el Sacramento de la Confesión, del que era muy asiduo. Incluso se ofrecía con frecuencia a ir al Templo de La Merced a oír confesiones.

Pese a su avanzada edad, el Padre Iguíniz Hernández se trasladaba a todas partes en camión urbano, y nunca denotó dificultad para eso. Alguna vez me invitó a su casa y me mostró su cuarto, en el que no había más que libros y algunas cositas que le daban. “Llévate unos libros”, me decía, y yo le respondía: “Ya tengo suficientes”.

Diario llegaba a su domicilio cargando un pomo como de Kellogs, o sopa instantánea o alguna otra cosa sencilla que le daban para comer. Eso sí, plátanos que no faltaran. No era precisamente un hombre de plática, pero se daba tiempo para conversar un ratito conmigo.

En edad posterior a su jubilación, estuvo casi dieciséis años en el Asilo “San Felipe de Jesús”, que fundó el señor Cura Florencio Villaseñor, y ahí fue Capellán, aparte de que auxiliaba con algunas Misas en la Parroquia y atendía confesiones. Lo más seguro es que durante muchos años no recibió ayuda económica.

Cuando llegó aquí al Albergue Trinitario Sacerdotal ya traía un tic más marcado de estirar el cuello y mover la boca; pero siempre se mostraba bondadoso, atento y risueño. Por cierto, era el único de traje, hasta en su silla de ruedas. Llegaba uno a pensar que a lo mejor así había nacido, con traje.

Al verlo piadoso en la Misa y el Rosario diarios, daba la impresión de una vida aterciopelada de tranquilidad y calma. Si le hablaban, bueno; si no, también. Fue el primero que conocí al que se le olvidaba deglutir los alimentos, por lo que al principio le daban con jeringa, y después mediante sonda.

A algún pariente que él conocía como necesitado le fue dando de sus últimos fondos. Una vez me dijo: “Se me acabó la vida y el dinero”. Y, ni modo, ya nadie fue a visitarlo.

Un día se lo llevaron al Hospital  y no volvió. No sé dónde quedó. Como que hay ciertos lugares donde entierran a los Padres que no tienen a nadie, y que la Arquidiócesis ha proveído para sus Sacerdotes.

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