Estrenar cuerpo nuevo: Altered Carbon

Fabián Acosta Rico

Los alquimistas medievales creyeron encontrar la clave para vivir por siempre; sí, la meta, de las artes y ciencias herméticas, era  revertir o al menos detener la degradación de las estructuras, elementales y psíquicas,  que nos mantienen lozanos y funcionales. Ser nuevamente, bellos y primordiales, como Adán y Eva.

Estos sueños de inmortalidad han galopado por la mente de quijotescos médicos y científicos de tiempos arcaicos y recientes. La serie Altered Carbon, de Netflix, con su historia tipo el Nombre de la Rosa, es algo más que una serie policiaca de ciencia ficción con una trama interesante; los argumentos que la sostienen recuerdan a los de Blade Runner. En efecto, como en la película estelarizada por Harrison Ford, hay mucho de distopía en Altered Carbon; ya que nos describe la ruta de un anhelo universal que termina convirtiéndose en una de las muchas maldiciones que promete dispensarle, a generaciones presentes y venideras, la inexorable  marcha del progreso.

La historia comienza con un efectivo de las fuerzas especiales, Takeshi, quien tras “morir” en combate, su pila es removida e implantada en un cuerpo de lujo, atractivo y bien entrenado, que perteneció a un oficial de policía.  La pila es el gran invento de todos los tiempos, es una especie de memoria USB que contiene todos los recuerdos y la conciencia del individuo. Un millonario, de 365 años, Bancroft,  perteneciente a una minoría aristocrática, poderosa y privilegiada, pagó la transmigración y la nueva funda (o cuerpo) a nuestro personaje con el interés de que le ayude a resolver el misterio de su supuesto suicidio; convencido de que fue asesinado.

Como bien lo advierte, el libro de Homo Deus la inmortalidad podría ser la prerrogativa de una minoría económica y el no morir podría romper muchos de nuestras fronteras éticas y morales. Pensemos, sin el esencial y vital miedo a perecer, los que hayan bebido del elixir de la inmortalidad podrían convertirse en seres déspotas y desalmados con los marginados por la ciencia y la tecnología; con aquellos que no tienen para pagar una funda o cuerpo nuevo.

Oscar Wilde en la literatura; y Miguel de Unamuno en la filosofía nos advierten sobre los riesgos de la inmortalidad. Para el filósofo español una vida eterna puede resultar a la larga des-motivante, aburrida y con el tiempo insufrible; consecuente con lo anterior, para el literato, autor del Retrato de Dorian Gray, una existencia prolongada, indefinidamente, terminará conduciéndonos a explorar todas las expresiones de la perversión y degradación humana. Desde hace más de 4 mil años, lo advertían los Sumerios que escrituraron el Poema de Gilgamesh, la muerte es la más grande maestra de humildad y de empatía. Nuestra fragilidad, nuestra mortalidad  nos hermana y nos dispensa cierta sabiduría existencial.

 

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