México es la casa de todos

Hermanas, hermanos  en el Señor:

La Iglesia, la comunidad de los creyentes, no nace por una iniciativa humana, por un acuerdo entre personas. Nuestro origen, como Iglesia, está en Dios Padre, que envió a Hijo Jesucristo para que nos congregara en un solo pueblo y nos devolviera la dignidad de ser hijos de Dios.

Para lograrlo, Jesús predicó el Reino, la presencia del amor de Dios en el mundo. Además, entregó su vida, derramó su sangre para purificarnos de nuestros pecados y reconciliarnos con el Padre. También nos regaló su mismo Espíritu.

Nuestra fuente de vida es la palabra poderosa de Dios. No hay verdadera Iglesia donde no se proclama, escucha y obedece esa Palabra, que realiza en sí misma el misterio de la muerte y resurrección de Jesús, que es la fuente y el culmen de su existencia.

Como Iglesia, como comunidad, tenemos en el mundo una única misión, una razón de ser, que anunciemos la salvación que Dios nos ha regalado en Cristo. El Espíritu Santo, con sus dones, ha diversificado los servicios en la Iglesia, con una variedad de carismas, con un solo fin, evangelizar, dar a conocer que Dios nos ama en su Hijo Jesucristo.

Esta misión nos la recuerda la celebración de la Eucaristía, para que, luego, nosotros la hagamos vida en todos los espacios donde nos movemos: en las calles, en la vida pública, en todos los campos de la actividad humana, en donde quiera que se desarrolle nuestra existencia. Nuestra misión de anunciar a Jesús la debemos proyectar en donde quiera que estemos. Estamos llamados a testimoniar nuestra fe en Él.

Las circunstancias que vivimos en nuestro Estado y en México, es decir, la pérdida de la tranquilidad y la seguridad, la división, el enfrentamiento entre sectores, las queremos asumir desde la identidad de discípulos de Cristo. Más allá de lo que sucede en nuestro proceso político,  por encima de todo, somos hermanos, somos discípulos de Jesús.

Tenemos derecho a ejercer con libertad y responsabilidad el voto, sin que nos obliguen a hacerlo por alguien. Lo que resulte, tenemos el deber de respetarlo en el marco de la Ley, y recuperar nuestra paz, nuestra armonía y nuestra co-responsabilidad de ser hermanos. México es la casa de todos, es nuestra única casa. ¿Por qué la hemos de incendiar? ¿Por qué la hemos de destruir? Al contrario, tenemos que edificar, en un clima de mayor justicia, paz, respeto a la dignidad de las personas y oportunidades para todos. Tenemos que edificar juntos nuestra casa, respetar sus recursos, velar para que sean bien utilizados para provecho de todos.

No debemos quedarnos en la intimidad de la fe en nuestro corazón, cuando se están peleando los hermanos. Debemos ser instrumentos de paz, y mirar por encima, por el bien de todos. Éste es el resultado de nuestra fe, la cual no debe quedar en los muros del templo, sino iluminarnos, sostenernos, impulsarnos y da fuerza para que transformemos el mundo desde la perspectiva de Jesucristo.

 

 

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