Cuidado con refundar

Pbro. Armando González Escoto

Hace ya muchos años escuché por primera vez el concepto “refundar” aplicado al carisma de determinadas órdenes religiosas. De pronto por diversas razones sus miembros consideraban necesario “refundarse”. El concepto ha sido siempre ambiguo y contradictorio, ya que lo mismo puede significar recuperar la identidad perdida, que acabar con ella para crear una nueva.

En esta última forma de entenderlo, si habláramos de refundar Guadalajara, sería tanto como suponer que la fundación original ya carece de sentido, que los principios y valores sobre los cuales se fundó nuestra ciudad deben modificarse; en caso extremo, arrasar con toda la herencia tapatía, incluido el Centro Histórico, y fundar una nueva ciudad al estilo de cualquier ciudad norteamericana. El término también puede aplicarse a nuestra cultura. “Refundar” la cultura significaría prescindir por completo de la cultura previa, la cultura original y fundante de nuestra identidad, para establecer una nueva, sin la herencia histórica de la catolicidad, sin sus principios, sin sus valores, una cultura secular, sin otro tiempo que el presente y el futuro. Aunque los promotores de las “refundaciones” no lo dicen, en realidad lo que se oculta detrás del proyecto es un rompimiento, una quiebra cultural, un “borrón y cuenta nueva”, cortar las raíces, cortar los lazos, los vínculos, debilitar y, aun suprimir, todo aquello que nos relacione con nuestro origen auténtico, dejar de ser lo que somos.

La sociedad jalisciense ha generado a lo largo de los siglos una cultura establecida sobre los valores cristianos que se ha ido actualizando siglo tras siglo sin dejar de ser ella misma. Como consecuencia de la lucha permanente entre el mundo sajón y el mundo latino, entre los norteamericanos y los latinoamericanos, entre sus representantes, es decir, las sectas y las logias, y los defensores del patrimonio original católico, entre los gobiernos persecutorios y la Iglesia, muchos de nuestros valores han sido deliberadamente debilitados desde diversas instancias haciendo fracasar el proyecto social originario que nos hizo crecer y desarrollarnos consistentemente por lo menos hasta 1857, y ahora, luego de décadas de corrupción e impunidad orquestadas por el propio Estado, nos salen con que hay que “refundar”. Sería darnos el tiro de gracia para entregarnos por completo a la cultura explotadora, superficial, tecnócrata, capitalista e invasora del mundo secular, la cultura que aplasta la vida en favor de los intereses económicos, que promueve el individualismo egoísta por encima de la experiencia integradora de la familia, que reduce la responsabilidad al interés personal, que usa la democracia como el mejor trampolín para la imposición de gobiernos autoritarios y despóticos.

No necesitamos de refundaciones, lo que urge es dar el paso hacia una sociedad plenamente democrática, generadora de políticos genuinos, con el suficiente valor para acabar con el sistema político mexicano que los partidos perpetraron a espaldas de la ciudadanía y que es la causa profunda de todos los males que hoy vivimos.

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