Una economía social, con rostro humano

Editorial de Semanario #1114

Según el último Panorama Económico Mundial, la economía mundial creció al 3.8 por ciento y la de México al 2.0 por ciento. Se observa el atraso de México en crecimiento, productividad y bienestar.

Otras economías, como las orientales, son exitosas con altas tasas de crecimiento y de incremento de la productividad. ¿Por qué?, porque  lo hacen en condiciones diferentes: sus gobiernos orientan la actividad económica, las políticas de fortalecimiento industrial y rural, y el incremento de los ingresos de los trabajadores para el fortalecimiento del mercado interno.

En México, en materia económica tenemos poquito gobierno. Nuestro gobierno de ahora es incapaz de impulsar la economía y paliar los efectos de la inequidad.

El Informe Mundial sobre Salarios 2016 – 2017 de la Organización Internacional del Trabajo, argumenta que el salario medio real en México se redujo casi 12 por ciento en los últimos diez años. En ese mismo periodo el salario medio en China creció en 125 por ciento y más de 50 por ciento en la India.

¿Cuál es el gran problema de México? La realidad es que México no crece porque no crece su mercado interno, ni su inversión. Según el Banco Mundial en 2016 México destinó 22.86 por ciento de su actividad económica a inversión. China dedicó el 43 por ciento de su producción a inversión.

Es una paradoja que el empresariado mexicano globalizado, de acuerdo a la OCDE, tiene un bajo desempeño como inversionista. Esto se debe no a la ausencia de ganancia sino a la falta de oportunidades de inversión en el contexto de un mercado interno no solo pobre, sino empobrecido en las últimas décadas. Somos también uno de los países de menor éxito exportador y cuyas exportaciones tienen mayor proporción de insumos importados. Somos mayormente maquileros.

Para crecer y elevar el bienestar necesitamos un cambio de estrategia. Lo urgente es reorientarnos al crecimiento del mercado interno, liderado por mejores ingresos para los trabajadores urbanos y rurales, sin descuidar la rentabilidad empresarial.

Para ello el Estado debe recuperar su papel de ser un motor de la inversión productiva, como generador del piso básico en el que pueda crecer y darse un empresariado diverso. ¿Es posible que ganen los trabajadores y también el pequeño y mediano empresariado? Sí, ese es de hecho lo que alienta la Doctrina Social de la Iglesia. El Papa Francisco señala en Evangelii Gaudium que “hasta que no se reviertan la exclusión y la inequidad dentro de una sociedad, y entre los distintos pueblos, será imposible erradicar la violencia”.

Ante la Incertidumbre del Tratado de Libre Comercio, no estamos preparados para una guerra comercial de largo aliento con los Estados Unidos. Tenemos una dependencia  en dos áreas estratégicas: por una parte, importamos lo substancial de la gasolina, y no tenemos seguridad alimentaria; importamos la mayoría de nuestros alimentos.

Todos los huevos se pusieron en la canasta de la exportación, y muchos de ellos en la producción de automóviles y manufacturas con mano de obra barata. Urge por ello, construir la seguridad alimentaria y energética de México.

Ante una globalización que se desmorona necesitamos una política de desarrollo social que supere el asistencialismo y una política de desarrollo industrial apropiada a la nación, es decir, nuestra soberanía deberá radicar en el fortalecimiento del mercado interno.

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