Sin confianza no hay bien común

Editorial de Semanario #1115

La crisis de la confianza en México, es ya preocupante. No hay institución pública que pase sin mancha por la prueba de la confianza. Los sociólogos, a la falta de confianza en las instituciones, le llaman tejido social roto.

El tejido social es como una red de lazos afectivos entretejidos a lo largo del tiempo, cuyos hilos están hechos de promesas cumplidas, de compromisos honrados y de actos de solidaridad y de apoyo mutuo entre muchas personas.

En la medida en que esos hilos se multiplican, el tejido se fortalece. Pero cuando alguien rompe uno de sus nudos para sacar un provecho propio y alguien más sigue su ejemplo y al final muchos repiten el ejemplo, sin castigo, el tejido se desgarra por completo.

La confianza crea lo que se llama Bien Común o  Capital Social, que es un conjunto de apoyos entre todos, recíprocos. Un capital que no se traduce en dinero, por ejemplo, cuando alguien cuida a los hijos de otros, cuando atiende sus convalecencias, cuando se hace cargo del cuidado de sus pertenencias, cuando le presta un coche para atender un asunto, cuando le resguarda papeles que son importantes o le ofrece su tiempo para realizar algún trámite, etcétera, ese alguien está generando capital social que se acrecienta y se consolida, en tanto que fluye de manera recíproca. Según la Doctrina Social de la Iglesia, su nombre más antiguo es fraternidad.

¿Qué sucede cuando es el Estado mismo, a través de sus gobernantes y en buena parte de su clase política, es quien abusa de la confianza?

La gente  descarga su dolor y su rabia en aquellos que dicen “representar al pueblo”, los ganadores de las elecciones “democráticas”, los paladines de la democracia y tantas y tantas linduras que se escuchan por todos lados y en todas partes.

Sin embargo, la respuesta más profunda, más sensata está en ambas partes: en los políticos y en el pueblo, en los gobernantes y en los gobernados, porque a ambos les cuesta trabajo aceptar el verdadero papel que les corresponde en una democracia: a los políticos, les corresponde el papel de representar a sus gobernados; y el del pueblo, aceptar que los políticos son sus representantes a quienes se ha elegido para ejercer la gobernanza hacia la ciudadanía. Esta falta de aceptación de su función y de su papel es, en gran parte la causante de la desconfianza entre unos y otros.

Los ciudadanos tenemos que comprender que su función es el respeto a las normas y leyes de convivencia; el respeto a las instituciones que nos ayudan a una mejor calidad de vida; la responsabilidad de cuidar el buen ejercicio del poder y la sana convivencia social aportando lo mejor de cada uno de nosotros para solucionar nuestras necesidades sociales de salud, educación, trabajo, calidad de vida y construcción de una patria común.

Los políticos tienen que comprender que su misión no es la tiranía, el abuso del poder, ni la prepotencia, ni la corrupción. Esto no es la política ni el buen gobierno, al contrario, el gobierno es servicio a la ciudadanía, en la búsqueda de bien común en la satisfacción de las necesidades de la población; Es el ejercicio de la gobernanza para el logro de una mejor calidad de vida y una mayor convivencia; es el ejercicio del liderazgo en favor de una paz común y una prosperidad compartida.

Cuando logremos, gobernantes y gobernados, políticos y ciudadanos entender y aceptar nuestro papel en la construcción de la democracia, estaremos construyendo una patria mejor, una sociedad con una mayor cultura democrática, basada en el respeto a las leyes y a las instituciones; en la responsabilidad social de todos, en el esfuerzo por lograr el bien común do todos los ciudadanos.

La confianza no nace, se construye día a día entre gobernantes y gobernados, sin mentiras, sin miedos; con amor a nuestro país.

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