Godínez a lo japonés

Fabian Acosta Rico

Es de los más común en esta nuestra modernidad, el existir -al estilo corporativo- como todo un Godínez, gafete en pecho mostrando orgulloso el logo y los colores de la empresa; checando puntualmente la entrada con la huella digital y el iris; cargando pila con una buena taza de café y dejándose atrapar, ergonómicamente, por una silla que será nuestro trono del deber durante toda la jornada laboral; jornada que interrumpimos  para ir al baño o para calentar en el microondas el almuerzo.  Transcurridas las horas de oficina viene el  retornar al hogar, padeciendo la odisea del tráfico o del transporte público.

En México, como en Japón, esta es la rutina de colmena que padecen millones de oficinistas que, habituados a cobrar un sueldo o salario quincenal, sacrifican sueños y reprimen sus anhelos de aventuras y libertad. Aggretsuko, el anime de Netflix, recrea en caricatura de animalitos este gregario existir como empleados de empresa. La protagonista es una panda roja, de nombre Retsuko; quien trabaja en el departamento de contabilidad; esta veinteañera osita es soltera, no tiene más amigos que sus compañeros de trabajo; es de pocas o nulas ambiciones; carece de una meta o un plan; sigue una rutina diaria sin pensar mucho en el mañana; se puede decir que soporta, con un postmoderno estoicismo, las ideáticas exigencias de su jefa inmediata, una serpiente de nombre Tsubone; y que sortea, con sus dosis de quebrantos emocionales, el mal humor del encargado del departamento, el Director Ton, un cerdo que practica sus tiros de golf en la oficina y que utiliza un ábaco para hacer cálculos contables.

Lo único que salva a Retsuko de su rutina es el karaoke. En Japón los karaokes no son bares donde las aprendices de Jenny Rivera o los émulos de Alejandro Fernández le ponen talento y sentimiento al micrófono para robarle a un auditorio, debidamente alcoholizado, algunos aplausos y ovaciones. Los karaokes nipones parecen más un hotel donde los cantantes pueden recluirse en cuartos cerrados para explayar, con toda discreción, sus dotes artísticas sin más público que sus acompañantes. Aunque también está la opción de entrar solo, como lo hace Retsuko; quien, recluida en su apartado, desenfunda su micrófono, y hace catarsis cantando las más estridentes y oscuras letras de death metal en las que expresa, con guturales gritos, todas sus frustraciones y resentimientos. Anónima y solitariamente, nuestra tierna pandita  libera su verdadero yo; ese que mantiene, freudianamente, reprimido para no trasgredir el servilismo normativo  que todo oficinista debe observar para conservar el empleo.

La serie es todo menos inocente, trata temáticas serias que retratan el vacío de un existir sin más opciones que petrificar los anhelos a cambio de cierta seguridad económica. La serie maneja, con menos brusquedad que Happy Tree Friends, esa fórmula de contra-punto que expone a situaciones desventuradas a personajes cursis tipo Hello Kitty.

En el mundo de Retsuko cada animalito de oficina tiene su muy acentuada  personalidad; hay una venadita aduladora, una hiena macho (secretamente enamorada de la panda roja) diligente y confiable, una hipopótama chismosa… estos  fenotípicos seres  crean en su interactuar, un ecosistema laboral donde todos están integrados y atrapados en un hastiante y monótono mundo del que Retsuko se libera, por breves momentos, en sus habituales y solitarias idas al  karaoke.

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