Sin aspavientos, pero con mucha fuerza

Al Reino de Dios lo podemos identificar como el amor del Señor que, como nuestro Padre que es, nos ofrece todo su amor, por encima de lo que podamos corresponderle. Nos lo prometió y nos sostiene todo su amor, permanentemente.

No nos lo da de manera estridente, ni se nos impone, sino que es una fuerza silenciosa, humilde, sencilla, que está trabajando en lo más profundo de nuestro ser y de nuestra humanidad.

Es como una semilla que el Sembrador ha dejado en nuestro interior, ahí la deja, y aún de manera inconsciente, esa semilla desarrolla toda su fuerza, toda su potencia, y crece, madura y produce un mucho fruto.

La semilla de Dios fue depositada en nuestra vida el día de nuestro Bautismo, nos hizo sus hijos y nos dio todo su amor. Esa semilla de amor pleno que Dios plantó en nuestro ser, está destinada a crecer, seamos conscientes o no, correspondamos o no, a su amor. El de Dios, está ahí, en nosotros, trabajando, de manera humilde, callada. La semilla, una vez sembrada, está destinada a germinar y a convertirse en un arbusto con ramas grandes.

¡Qué consolador es saber que, por encima de nuestra bondad o maldad, de nuestra conciencia o inconciencia, está sembrado, en nosotros, el amor de Dios, que no nos abandona jamás, no se deshace ni se descuida ni un instante, está trabajando en nosotros.

¿Qué podemos hacer para que ese amor sea más fecundo, para que fructifique el amor de Dios en nosotros? Les hago tres propuestas. Primero, escuchar su Palabra, que hace que su amor crezca en nosotros y germine, y dé mucho fruto.

Además, que nuestra vida cristiana sea más Eucarística, es decir, que siempre nos acerquemos al Sacramento de la Comunión, porque acercándonos a este misterio que nos asegura la presencia viva de Jesús, tenemos la plenitud de su vida en nuestra vida, es decir, todo el amor de Dios.

Y, tercero, que seamos sensibles y atentos a las necesidades de los demás, y una vez que atendemos las necesidades de los demás, es porque el amor de Dios está creciendo en nosotros, y se está multiplicando. Compartir nuestra caridad, nuestro servicio, especialmente a los más necesitados, es ensanchar el amor de Dios, sus ramas se extienden, y ahí llegan a posar los hermanos que sufren más.

Nos sorprende, nos preocupa y nos disgusta tanto mal que hay en el mundo. La Palabra de Dios nos llena de esperanza porque, a pesar de tanto mal que percibimos en el mundo, se nos asegura que el amor del Padre está sembrado en la Humanidad, y es más poderoso y eficaz que el mal.

Pero, al mismo tiempo que es una garantía, es una invitación a que, en medio de tanta maldad, injusticia, mentira, desigualdad, corrupción y violencia que hay en el mundo, cada uno nos convirtamos en una semilla de amor sembrada de ese mundo. Que contribuyamos a que en lugar de tanto mal, se manifieste el bien.

La Palabra de Dios tiene que ser viva, eficaz, sin aspavientos, sin violencia, pero sí con esa potencia silenciosa que se esconde en la tierra, que tiene toda la fuerza para dar fruto.

 

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