Mozart: Una prueba de Dios

Sergio Padilla Moreno

El P. George W. Rutler escribió, en el año 2013, un pequeño artículo que llamó poderosamente mi atención y que le da título a mi colaboración de hoy: “Venciendo un prejuicio, propongo que adicionalmente a las cinco maneras de Santo Tomás de Aquino para probar la existencia de Dios a partir de la evidencia natural, el prodigioso Mozart sea la sexta.” Sin duda, que este compositor es uno de los artistas más extraordinarios que hayan pisado la faz de la tierra. Wolfgang Amadeus Mozart, nació el 27 de enero de 1756 en Salzburgo, pero, a pesar del revuelo que causó su precoz talento y la originalidad reconocida en algunas de sus obras, murió en medio de graves problemas económicos la noche del 5 de diciembre de 1791.

Más allá de los datos biográficos que tanto llaman la atención a propios y extraños, como su condición de niño prodigio o las circunstancias que apagaron su vida cuando estaba a poco de cumplir los 36 años, la realidad es que Mozart es un hombre todavía por descubrir en su dimensión humana más profunda –“un corazón sensible y un alma amante”, dijo Stendhal-, ya que sobre él se han tejido una serie de mitos que poco o nada tuvieron que ver con la realidad.

Mozart es un compositor del que se tiene abundante información documental, gracias, en premier lugar, a la gran cantidad de cartas que se conservan en sus comunicaciones con familiares, amigos y colegas. En ellas, el compositor es transparente y deja ver sus ideales, deseos, búsquedas, frustraciones y sufrimientos; sin embargo, es difícil que ellas develen la totalidad insondable de su humanidad y genio creativo, quedando así zonas oscuras que tienen ocupados a los investigadores. A lo largo de su corta e intensa vida, compuso más de 600 obras dentro de todos los géneros conocidos en el siglo XVIII: canciones, música de cámara, música religiosa, óperas, conciertos, sinfonías, etcétera. Si bien no podemos hablar que Mozart haya revolucionado el lenguaje musical de su época, como en su tiempo fue el caso de Bach, Beethoven o Debussy, su genio creativo llevó este arte a límites de perfección que todavía sorprenden a músicos y diletantes.

Mozart nunca compuso para quedar bien respecto a las expectativas de sus contemporáneos; fue un hombre libre que puso exacta y magistralmente las notas justas en cada una de sus obras, tal como se lo hizo saber, con autoridad, al propio emperador José II quien una ocasión criticó el “exceso de notas” de una de sus óperas. Recomiendo: las óperas “Don Giovanni”, “Las bodas de Fígaro” y “La flauta mágica”; la “Misa en do menor” y el “Réquiem”, además de sus conciertos para piano y las últimas sinfonías; esto nada más para empezar.

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Mozart: Mass in C minor, K427 | Gardiner

https://www.youtube.com/watch?v=5QfJC7bXeZw&t=854s

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