Miedo a la vida, miedo a la familia

Editorial de Semanario #1116

Los candidatos de todos los niveles le han tenido pavor a estos temas en el presente proceso electoral. Ninguno se ha expresado con claridad. Algunos dicen “sí, pero…”, o “no, pero…”, cuando les pedimos definirse sobre el respeto a la vida desde su concepción, o su postura respecto al aborto, a las uniones del mismo sexo, a la paternidad responsable, a la adopción de hijos, etc.

La indefinición ha sido su mejor posición. Le temen al qué dirán los del otro lado, a supuestamente perder votos, a que los juzguen de intolerantes, a sus alianzas establecidas por conveniencia. Necesitamos definiciones claras. Y no es que en otros temas anden mejor. En general, las posturas ambiguas ha sido un común denominador.

Además, los católicos, incluyéndonos todos, tampoco hemos sido suficientemente claros en manifestar nuestras convicciones, nuestras exigencias para que ellos se definan. Como que a nosotros tampoco nos importa mucho qué van a hacer con la vida y con la familia. Esa inercia nos arrastra. El diálogo que se debería establecer con los candidatos para aclarar lo que queremos, se ha convertido en sumisión.

No se trata de que estemos buscando, como asociación religiosa, puestos en diputaciones o regidurías, como lo hacen y las compran (con dinero y con votos garantizados) los de otras denominaciones, sino de expresar, con claridad, en qué creemos, qué esperamos de los que nos van a gobernar.

Muchas veces, ni en el mundo nos hacen, no les importa ya lo que la mayoría de la población creyente católica opine respecto a la vida y a la familia, porque no nos ven convencidos de que es nuestra opción. Nos ven tan tibios para defender la vida y la familia, que no les importa a los candidatos que aspiran a gobernarnos si, a la hora de la hora, van a proponer temas en contra de la dignidad de la persona. No les asustamos en lo más mínimo. Ya nos imaginamos, por ejemplo, que alguna religión que no fuera la católica le colocaran, en el mero centro de la ciudad, una estatua que confrontara, ni siquiera indirectamente, sus creencias. Inmediatamente reaccionarían, y violentamente.

En efecto, a estas alturas, el sentido de nuestro voto para las elecciones 2018, sobre todo las que se refieren al cargo de Presidente de México y a la Gubernatura del Estado se ha convertido, para nosotros los católicos, en un verdadero conflicto moral, en una disyuntiva desagradable. Es, dirían los filósofos, un ejemplo muy claro de un dilema sobre cuál es el mal menor.

Sin embargo, hay que decidir, es un imperativo moral, y la decisión no es fácil. En algunos candidatos, el problema no son ellos, sino sus compañeros de viaje, como escribió alguien, con una agenda anti-vida, anti-familia. Parece que no tenemos a la vista el bien ideal, ni siquiera el posible, pero tenemos que decidir, evitando siempre un mal mayor (cfr. Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica, 2a. 2e. q. 64, art. 7). El objeto de nuestra acción siempre debe ser honesto, inspirados en un bien superior, el bien común de nuestro país.

Los católicos debemos ejercer, pues, nuestros deberes y obligaciones como ciudadanos, sin abrir las puertas a los que atentan contra la vida y la familia, que han sabido establecerse, a veces, por nuestra complicidad por omisión y cuasi complacencia en el terreno de las leyes.

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