Profetas de fuego

Hermanas, hermanos en el Señor:

Juan el Bautista fue elegido por Dios para preparar la llegada de Jesús. Lo preparó anunciando un bautismo de penitencia y arrepentimiento y, posteriormente, lo señaló como el Mesías, ya presente entre los hombres.

Por esta razón, es el único santo, Juan el Bautista, que la Iglesia le celebra el día de su nacimiento (como a la Virgen María); lo hicimos el domingo pasado. Tuvo una misión especial, proclamar el cumplimiento de la promesa de la llegada del Salvador del mundo.

Él reconoció, humildemente, que no era el personaje anunciado en el pasado; se reconoció indigno, incluso, de desatar las correas de las sandalias del verdadero Mesías. Aunque tenía muchos seguidores, les aclaró que no era él, y dijo, con claridad, que vendría otro más grande que él, que bautizaría con agua y con el Espíritu Santo.

Ésta es la primera consigna del verdadero profeta, no apropiarse del lugar de Dios, sino con humildad, reconocer que solo es un instrumento que anuncia, que señala, que indica, pero que de ninguna manera es Dios.

Otra característica que tiene el profeta es que solo proclama el mensaje de Dios. No anuncia su propia palabra ni sus propios criterios. El verdadero profeta solo habla de la palabra de Dios, quien ha tomado la decisión de salvarnos, enviándonos a su único Hijo, Jesucristo, que padeció y murió por nosotros.

Cada uno de nosotros, por los sacramentos del Bautismo y la Confirmación, recibimos la misión de ser profetas, es decir, tenemos el encargo de anunciar, de proclamar la presencia de Jesús en el mundo. ¿Cómo podemos cumplir esta tarea? Con nuestras palabras y, sobre todo, con nuestra vida.

Si nos comportamos como verdaderos discípulos de Jesús, estamos anunciando que es el Señor, que rige nuestros criterios y nuestra vida, que en Él hemos puesto nuestra confianza, y que de Él esperamos la verdadera vida en esta Tierra, y que en Él confiamos alcanzar la vida eterna. Esto es lo que tenemos como misión en el mundo, anunciar nuestra fe y nuestra confianza en Jesucristo, único y verdadero salvador.

Este compromiso lo tenemos, también, como comunidad, como Iglesia, como familia de Dios, como su pueblo, la de profesar, la de dar testimonio de la fe de Jesucristo. La Iglesia no está para hacerse propaganda ella misma, sino que anuncia y da testimonio de la fe en el Señor, no para que se conviertan a nosotros, sino para que conozcan y se conviertan a Jesucristo. La Iglesia tiene la misión de anunciar a Jesús para que todos lo sigan y lo amen.

No buscamos hacer prosélitos para la Iglesia, como si estuviéramos en competencia con otros credos; no buscamos hacer adeptos para ser mayoría, sino que, con nuestro testimonio, que los demás conozcan a Jesucristo y se conviertan a Él. Que los que escuchan el anuncio, acepten en su propia vida que Jesús es el Señor. No es la Iglesia la que salva, sino Jesús, que dejó a su Iglesia para que anuncie la Buena Noticia de la salvación de Dios.

 

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