¿ Y después?

José Ángel Gutiérrez

La elección más grande de la historia (con más de 18 mil cargos en juego), la decisión más importante, el momento en que se optará entre dos modelos de gobierno completamente opuestos…. tan solo algunas expresiones que hemos leído y escuchado a propósito del actual proceso electoral en México.

Y tan en serio lo han tomado algunos, que hoy más que nunca vemos de ya, a un país dividido, una Nación marcada por facciones, que llega a niveles de fanatismo y cuyos actores –Los de abajo, diría Mariano Azuela- están incluso dispuestos a liarse a golpes con tal de “defender” aquello en lo que creen. Y hago énfasis en “los de abajo” no con afán peyorativo, sino porque aquellos que se encuentran en las cúpulas partidistas y quienes aparecerán en la boleta electoral, difícilmente estarían dispuestos a ser parte de un acto de violencia, pero no se tentarían el corazón para azuzar a las masas con tal de alcanzar ellos sus intereses (que no siempre son los mismos que los del pueblo).

México vive más que nunca momentos de decepción, de molestia, de miedo y de enojo. La combinación de todas esas emociones negativas, hace que el ciudadano busque, efectivamente, un cambio. El Ser Humano siempre aspira al cambio, aunque no siempre sea para mejorar.

No me detendré a evaluar si los modelos de gobierno que se plantean son buenos o malos, si nos llevarían al estancamiento, si fuesen regresivos o permitirían el progreso del país. Lo que en esta ocasión me preocupa, es lo que pueda o deba ocurrir después de la elección.

¿Qué debería ocurrir? Nada extraordinario, todos los mexicanos habremos de continuar nuestras actividades como siempre, tratando de salir adelante. Lo ideal sería que incluso aquellos que no tienen empleo lo encontraran, que quien acude a atención médica la reciba con toda oportunidad y con el suficiente abasto de medicamentos, que se hiciera justicia a nuestros adultos mayores, muchos de los cuales apenas sobreviven casi en el abandono, que nuestros niños recibieran educación de calidad y pudieran caminar seguros por nuestras calles. Pero nada de eso cambiará en lo inmediato.

Ganen unos u otros en lo electoral, no cambiará nuestra realidad al día siguiente, ni siquiera en el mediano plazo. Si es así… entonces ¿por qué dividirnos? ¿Por qué pelear?

¿Por qué no mejor unirnos? ¿Por qué no dejar de pensar solo en nosotros y mirar a los demás, sus necesidades y sus oportunidades? ¿Por qué no hacer algo cada uno de nosotros para que ese cambio que tanto se ha mencionado en campañas sea una realidad?

Un cambio para mejorar, sin importar el régimen que nos gobierne. Un cambio en libertad (que no en el libertinaje y menos en la anarquía). Un cambio que salga de nosotros y que contagie. Cambiemos el enojo, la rabia, la molestia por la acción positiva. Eso sí lo podemos hacer.

Y seamos también vigilantes para que aquellos que gracias a nuestro voto accedan al poder, cumplan con su función. Obliguémoslos por la vía pacífica de la participación a que sus actos sean los correctos. Hagámosles entender, con un marcaje personal, que sus acciones y sus decisiones deben ser para el beneficio común, no para satisfacer sus intereses personales o grupales.

Ese es el reto, esa es la tarea que tendremos el día después de la elección y en lo sucesivo.

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