Renovación diocesana sin auto-referencialismo

Hermanas, hermanos en el Señor:

Nos reunimos, en asamblea diocesana de pastoral, para una experiencia eclesial sinodal, los pasados días 20, 21 y 22 de junio, Obispos Auxiliares, Sacerdotes, Religiosos, Agentes laicos y un servidor. Fue el culmen y la conclusión de un trabajo que ya se había iniciado desde las Parroquias, los Decanatos, las Vicarías y las demás instancias funcionales.

Nos centramos en hacer un discernimiento, a la luz del Espíritu Santo, para encontrar aquello que nos está pidiendo Dios como Iglesia de Guadalajara.

En este camino sinodal de la Iglesia, la Eucaristía plasma y alimenta este camino, porque es el centro de la vida de la Iglesia. Siendo muchos y distintos los que nos reunimos, al participar plenamente de la Eucaristía, nos convertimos en un solo pan, en un solo cuerpo en el Señor. De esta forma, Jesús nos introduce en la vida plena del amor misericordioso del Padre, nos hace disfrutar de su misericordia. Solo en Cristo y por Cristo desciende, y se nos comunica, la vida, la salvación y el amor del Padre.

Este misterio que celebramos en la Eucaristía, que plasma nuestro camino sinodal y lo alimenta, nos hace tomar conciencia de lo que Cristo quiere de nosotros y para nosotros, como Iglesia. Quiere que sea el signo, el instrumento, por el que todos los hombres conozcan y experimenten el amor de Dios. Quiso que su Iglesia, que su comunidad de discípulos, sea el sacramento por el que todos los hombres puedan caminar a la plenitud del amor y de la misericordia del Padre. Se cumple en su Iglesia el texto del Apocalipsis: “Dios está entre los hombres, y él morará con ellos, y ellos serán su pueblo, y Dios mismo estará con ellos, y será su Dios” (21,3).

Esta palabra se cumple en la comunidad de los discípulos de Cristo. Somos la morada de Dios entre los hombres. En la Iglesia somos de Dios, su pueblo, su pertenencia. Éste es el misterio de la Iglesia. No somos un club, no somos una asociación no gubernamental. Somos una comunidad de discípulos que participan de la plenitud de la vida y del amor de Dios.

Nuestra tarea es que este amor de Dios llegue a todos, no como un mensaje frío, sino como una experiencia de servicio fraterno, de atención delicada y esmerada a las necesidades de todos, materiales y espirituales, como la pobreza, la ignorancia, la falta de salud, de sentido en la vida, la desesperación que viven muchas personas.

Debemos ser presencia viva y concreta de este amor de Dios hacia nuestros hermanos. Si no lo pensamos así, corremos el riesgo del auto-referencialismo, de pensar que estamos suficientemente bien. Se trata de mirar con los ojos de la fe quiénes somos y para qué estamos en el mundo, de que nos convirtamos, en cuanto a actitudes, a gestos y a manera de ser, para ser signos verdaderos del amor de Dios a nuestros hermanos.

En los diálogos que tuvimos prevaleció este anhelo, de no quedarnos solo auto-contemplándonos, sino mirando los sectores periféricos, y que nos sintamos impulsados a renovar todo lo que tengamos que renovar en nuestras estructuras diocesanas.

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