El Padre Danielito. Entre los pioneros de SEMFAM

Pbro. Adalberto González González

Daniel Rodríguez Cárdenas estuvo internado y cursó su Primaria en la Ciudad de los Niños del Padre Cuéllar. De ahí pasó al Seminario Diocesano Menor de Guadalajara. Terminados los estudios de Filosofía practicó el Magisterio (equivalente ahora al Año de Servicio) dando clases en la Escuela Primaria Parroquial de Tapalpa, Jalisco.
Se atrasó un año y se incorporó a nuestro Grupo para iniciar en la Facultad de Teología del Seminario Mayor. De corta estatura, pronto se hizo notar por sus habilidades histriónicas: salía siempre de payaso en sainetes y obritas improvisadas, haciendo reír al público a carcajada abierta, sobre todo al Padre Prefecto, Francisco Villalobos Padilla -después Rector del Seminario y Obispo de Saltillo-.
Además, cobró fama por su natural destreza como extremo derecho de la Selección de Futbol, no sólo de nuestro Grupo, sino de toda la Sección de Teología. Era un deleite verlo correr y gambetear por la banda contraria y luego mandar pases precisos al centro delantero, Nacho Velasco, implacable e infalible rematador, lo mismo con la cabeza que con ambas piernas. La verdad es que ese equipo hizo historia por sus magníficos elementos, entre los que sobresalían Remberto Hernández, Chava Trujillo y Librado Hernández.
Hacia finales de los sesentas del siglo pasado, el Padre Daniel comenzó a trabajar en los Cursos de Preseminario. Previamente se hacía una invitación en Escuelas y Colegios de Primaria o también a chavos que habían empezado o terminado la Secundaria, para encerrarse durante un mes y probar la vida de Seminario. Generalmente ocurría en una casa por la Calle Ramos Millán, contigua a la Parroquia de Santa Teresita. También sirvieron de sede: un Colegio por la Calle de Mezquitán; la Casa de San Martín; el Deportivo Morelos y el Seminario Menor Nuevo.
Ya encarrerado en esa misión de orientación vocacional, a “Danielito” le tocó fundar la modalidad de Seminaristas en Familia, SEMFAM, apoyado entonces por el Diácono Antonio Olmedo Hernández, y que consiste en encauzar a adolescentes que cursan o han concluido la Secundaria o la Preparatoria y que han sentido el llamado de Dios, pero que continúan viviendo al lado de sus padres y hermanos. Se les da seguimiento y acompañamiento a través de reuniones semanales de estudio, reflexión, oración, convivencia y deporte, aparte de Misas, Retiros Espirituales, entrevistas personales y pláticas con los papás. Todo eso va perfilando y depurando la inclinación hacia el Sacerdocio, antes de internarse en el Seminario.
Cabe hacer notar que, en cuanto a la importancia religiosa, a México en general y a Jalisco en especial se les concede un primer lugar, debido principalmente a las numerosas vocaciones para el Seminario y los Conventos. Algunos atribuyen a eso que Guadalajara haya tenido al primer Cardenal mexicano, Don José Garibi Rivera, y que no haya dejado de tener un Cardenal como Arzobispo, aparte de un Clero siempre copioso.
Es cierto que se habla mucho y mal de los Sacerdotes, pero nomás por hablar, y tantas veces sin razón. Como seamos, en toda la Historia hemos acompañado a nuestro pueblo en las buenas y en las malas; en las pobrezas mucho más que en las riquezas. Un buen compañero me comentó al respecto: “¿Y cómo le hacemos para sobrevivir? Mira, una cosa te aseguro, que es más fácil que a la gente pobre le falte pan en su mesa, que al Padre dejarlo morir de hambre. Y eso te lo digo de verdad, por experiencia”. Alguien podrá llamarle fanatismo a esto; pero yo creo que fanáticas son, más bien, esas personas que, teniendo, no dan.
Después de su servicio en Promoción Vocacional, el Padre Rodríguez Cárdenas fue, entre otros destinos, Párroco de Santa María Vicenta López y Vicuña; de La Guadalupana, y de Jesús Nuestra Pascua. Sólo que se le declaró muy precipitadamente el Halzhéimer; se le olvidaban las cosas y se le dificultaba celebrar la Misa. Un compañero, el señor Cura Gamaliel Cortez Ibáñez, Párroco de San Juan de Dios, tuvo un cuidado muy próximo y fraterno para con él, hasta que logró internarlo aquí, en el Albergue Trinitario Sacerdotal.
Alguien que pasó de visita un día me dijo: “¡Qué a gusto se la han de pasar, nomás platicando!” Sin embargo, la realidad es que no podíamos a veces trabar una conversación completa o más o menos larga; palabras que se olvidan, ideas que se esfuman, inquietud por seguir de paso. La plática no es precisamente una de las costumbres en El Trinitario, quizá excepto en el comedor, donde solamente algunos podíamos darle curso a una charla y ocupábamos una mesa (para seis) o, si acaso, tres más de otra mesa. A las demás les llamábamos “La Iglesia del Silencio”.
En el primer piso o planta alta se dispuso un salón amplio donde varios se juntaban para jugar dominó “ad libitum”; es decir, como Dios les diera a entender. Y es que José Martín, por ejemplo, agarraba nomás cuatro fichas; los demás, cinco; otros, seis, y uno, siete. Así es que casi siempre ganaba José.
Por lo general, “Danielito” guardó casi absoluto silencio durante su estancia aquí. Si lo llamaba uno, él respondía el saludo haciendo la “V” con sus dedos índice y anular. Un día de tantos se lo llevaron al hospital, al parecer por un síntoma no importante, pero volvió con un cáncer que lo consumió. Me tocó auxiliarlo con los pocos signos de vida que le quedaban. Y deveras lo sentí porque él, desde su niñez, no tuvo, como la mayoría de nosotros, una familia cercana y tradicional.

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