La sanguinaria muerte de Justino y J. Trinidad Orona Madrigal y de Atilano Cruz

Pbro. Tomás de Híjar Ornelas

Se acaban de cumplir 90 años de un suceso sangriento que tuvo lugar en la población de Las Cruces, del municipio de Cuquío, Jalisco, el 1º de julio de 1928, en el que fueron acribillados el párroco de San Felipe de Cuquío, don Justino Orona Madrigal, su hermano carnal J. Trinidad y su vicario parroquial, don Atilano Cruz.

El paradero de los eclesiásticos, hospedados desde dos días antes en la casa de la familia Jiménez Loza, lo reveló J. Rosario Gómez al jefe de la guarnición de soldados federales del 72º Regimiento de Caballería, que bajo las órdenes del coronel José Heredia Aceves y del capitán Vega Ortega, ocupaban Cuquío.

Los soldados, haciéndose acompañar del alcalde José Ayala y de un vecino de Yahualica, Gregorio González Gallo, se trasladaron en la madrugada a la localidad, donde cercaron la vivienda donde pernoctaban los clérigos y el laico y se dieron a la tarea de derribar la puerta que los protegía del exterior.

Don Justino quitó la tranca y desde el dintel saludó a los asaltantes con la frase ¡Viva Cristo Rey!, la última que salió de sus labios, pues ahí mismo fue abatido a tiros. Pasando sobre su cadáver, los soldados y acompañantes se introdujeron al aposento para consumar su hazaña, acribillando a los indefensos Atilano Cruz y José María Orona.

A lomo de acémila se llevaron como sangriento botín los cadáveres de sus víctimas, que tiraron en la plaza de Cuquío para que los viera la gente, exhumados a toda prisa a la mitad de la jornada.

Datos de sus vidas

Don Justino Orona, fundador de la Congregación de Hermanas Clarisas del Corazón de Jesús, Instituto de vida consagrada de derecho diocesano con sede en Guadalajara, nació en Atoyac, Jalisco, en 1877, de modo que al morir tenía 51 años de edad. De muy humilde cuna e hijo de madre soltera, con muchas dificultades cursó los estudios eclesiásticos en el Seminario Conciliar de Guadalajara, donde adquirió el notable rigor intelectual que caracterizó el ejercicio de su ministerio, que comenzó en 1904. A Cuquío arribó como párroco en 1916, pero antes había ejercido su ministerio en Lagos de Moreno, San Pedro Analco, Pegueros y Poncitlán. También fue capellán del templo de Santa María de Gracia en Guadalajara y durante algunos, años oficial de la Curia eclesiástica.

En Cuquío afrontó la animadversión del alcalde José Vázquez Mora y de su homólogo José Ayala quien, dijimos, colaboró en la muerte del párroco, de su hermano y de su vicario, aunque el mismo no se libraría de morir de forma violenta, por arma de fuego, a la vuelta de no muchos años, como ocurrió también a Gregorio González Gallo, en 1936.

Atilano Cruz Alvarado, nativo de Ahuetita Abajo, caserío del municipio de Teocaltiche, Jalisco, había nacido en 1901, de modo que al morir tenía 26 años de edad y ejercía su primer y único destino ministerial.

Al igual que su párroco, era de la más humilde extracción y desde sus tiempos de seminarista sufrió en carne propia la persecución religiosa que en 1914 clausuró los planteles levíticos, obligando a los seminaristas a vivir en medio de la zozobra. Ordenado presbítero de forma clandestina por don Francisco Orozco y Jiménez a mediados de 1927, auxilió la parroquia de Cuquío tan sólo once meses hasta el día de su martirio.

Las reliquias de estos santos hoy en día se veneran en el templo parroquial de San Felipe de Cuquío. En Las Cruces se puede visitar la casa donde tuvo lugar el martirio, restaurada a costa y bajo la dirección del acreditado arquitecto don Alfonso Moya Pérez, alumno que fue del Seminario Conciliar de Guadalajara entre 1942 y 49; oriundo de Atoyac (1929), de esta forma rindió homenaje a su coterráneo mártir.

Ilustra este artículo un grabado al aguafuerte sobre papel de Juan Carlos Macías Islas, una de las doce láminas de la carpeta ‘Doce monos negros’ (1999), que obtuvo el Premio Nacional de Grabado José Guadalupe Posada en el año 2000 y describe, a su modo, lo que acaeció en Las Cruces hace 90 años.

 

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