Lecciones de las elecciones

Pbro. Armando González Escoto

Finalmente concluyó el proceso electoral para el relevo del gobierno federal. Una jornada que transcurrió de manera pacífica en la mayoría de los casos y que además nos deja lecciones que aprender o nos da testimonio de las ya aprendidas.

Todo indica que el abstencionismo sufrió una derrota significativa aunque todavía lejos de lo deseable. El candidato del PRI mostró hasta el último instante su impecable desempeño cuando fue el primero en reconocer su derrota. Otro tanto hicieron Anaya y el llamado “Bronco”. Hasta este momento las instituciones electorales han cumplido su tarea bastante bien pese a la permanente sospecha de que pudieran fallar; algunos dirán que el triunfo de AMLO era tan contundente que todo intento de fraude habría sido demasiado evidente.

En cifras cerradas el costo del proceso fue de treinta mil millones de pesos, monto que nos sigue colocando entre las democracias más caras del mundo. Por su parte, la ciudadanía triunfante reveló que en determinadas condiciones, de muy poco sirve a la oposición la guerra sucia, el recurso al miedo, al desprestigio, a las exhortaciones en boca de extranjeros ante el “inminente peligro”, y toda esa ominosa serie de recursos con los que se saturaban, día tras día, las redes sociales y los demás medios de comunicación.

Toda la sociedad tendrá que aprender a movilizarse, no en función de una elección, sino del trayecto completo de un nuevo periodo gubernamental; no para generar bloqueos partidistas, sino para exigir las reformas sustanciales que el país necesita y los correctivos, sobre todo al sistema político, que tanto urgen.

Pesa sobre el candidato triunfador la enorme responsabilidad de dar buenos resultados, pues el viraje del voto mayoritario hacia la izquierda no es un devaneo ideológico, sino una apuesta desesperada ante el fracaso permanente del PRI y del PAN en la solución de los problemas dramáticos, que han hecho retroceder al país en rubros de la mayor importancia como sería, la igualdad y la seguridad, la estabilidad económica, el valor del dinero, el abatimiento de la corrupción y de la impunidad, la superación de la pobreza, la recuperación de la dignidad como país ante el resto del mundo.

Pesa sobre Andrés Manuel el fantasma de Fox, igualmente triunfador hace dieciocho años, con un inusual apoyo mayoritario en las cámaras, con un discurso crítico y hasta populista, decidido a resolver aún los problemas más serios en cosa de veinte minutos, blandiendo símbolos religiosos en el Auditorio Nacional, y con un único triunfo al principio y al final de su sexenio: Haber sacado al PRI de Los Pinos.

Pesa sobre toda la ciudadanía el deber de involucrarse, dejando de pensar que este nuevo presidente resolverá él solo y por sí mismo, los retos que nos toca resolver a todos. Las formas y maneras que a lo largo de las campañas se pudieron advertir nos previenen a todos de que ya no es posible dejar en manos de los políticos la gestión de nuestro presente y futuro.

 

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