Que nunca nos falte el agua

Hermanas, hermanos en el Señor:

Estando en su tierra, Jesús asombra a sus paisanos, porque muestra mucha sabiduría en lo que enseñaba y mucho poder en lo que hacía. Su asombro provenía de que ellos conocían a su parentela. Del asombro se tenía que pasar a la aceptación; sin embargo, no creyeron en Él, sino hasta lo rechazaron.

¿Cuántas veces hemos escuchado en nuestra vida (desde niños, adolescentes, jóvenes, adultos) hablar de Jesús? Es posible que vivamos sorprendidos de lo que Él dijo e hizo, pero todavía no creamos en Él y no lo aceptemos como verdadero Dios y verdadero salvador nuestro. Es posible que lo admiremos, y lo recordemos en alguna circunstancia difícil de nuestra vida, pero no le hayamos otorgado la obediencia plena de nuestra fe. Nos puede pasar.

Si esto pasa en nuestra vida, puede traducirse en que somos cristianos solamente de nombre, por tradición. Creer en Jesús significa que su palabra ilumina nuestra manera de pensar, que su enseñanza es criterio para que nosotros actuemos, hacerlo presente en nuestra vida como discípulos, viviendo en el amor a Dios por sobre todas las cosas, y en el servicio a los hermanos, especialmente a los más necesitados; viviendo en la verdad, nunca en la mentira y en el engaño; viviendo en la justicia, en la solidaridad y en la fraternidad.

Si de verdad creemos y aceptamos a Jesús como nuestro mesías y salvador, esa fe se tiene que manifestar en nuestra manera de vivir. No es justo decir que somos discípulos de Jesús y vivir ajenos de sus enseñanzas, vivir nuestra vida como si Cristo no existiera, como si nunca nos hubiera manifestado su amor. Nos puede pasar. Revisemos y valoremos la calidad de nuestra fe en el Señor.

Al encontrarnos con Él, tenemos una intención muy especial. Presentarle, por intercesión de la Virgen María, nuestra Madre, nuestro agradecimiento porque no nos olvida, porque nos ama y porque está siempre con nosotros. Pero también queremos hacerle una súplica.

Tenemos muchas cosas qué pedirle a Dios, para el Mundo, para nuestro México, para nuestro Estado y nuestra familia, para nuestra vida. Y lo hacemos por intercesión de la Virgen de Zapopan.

Le pedimos, de manera especial, que no nos falte nunca el elemento vital que necesitamos todos los seres vivos: el agua. Que no nos falte este elemento importantísimo para vivir con salud y con dignidad, que no falte a nadie, y que esté saludable, que no esté dañado ni contaminado, y que no se convierta en causa de enfermedad y de muerte.

Y, al mismo tiempo, nos queremos comprometer a ser cuidadosos del agua, y a ser responsables de todos los elementos de la Creación, para que nuestra Casa Común esté sana y habitable para todos.

Invocamos a la Virgen de Zapopan como Reina y Señora del Lago. Tenemos esta disponibilidad maternal para que, a nosotros, sus hijos, no nos falte este elemento.

Pidámosle, también, que no nos falte nunca el agua viva que es Jesucristo, que no tengamos sed de felicidad y la andemos buscando en caminos extraviados que solo causan daño y muerte.

 

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