Fiesta de San Benito Abad: Ojos, mente, corazón… benedictinos.

La vida de fe es una cuestión de mirar. La mirada de Dios sobre nosotros y sobre nuestra vida, y a la inversa,  nuestra mirada hacia Dios, hacia la vida, hacia el prójimo, echar un vistazo sobre los acontecimientos, sobre el pasado,  presente y futuro. Si reflexionamos bien, todo depende de cómo nos sentimos “observados”,  es decir, de cómo nos ven Dios y los otros… y a la vez, de cómo vemos nosotros el mundo. Todo depende de la mirada que tengamos y cultivemos; todo, absolutamente todo. Más aún, todo cambia según   ‘cómo nos sentimos vistos’ todos los días por el Señor y por el prójimo, y del cómo nosotros  ‘miramos’. ¡La vida es una cuestión de mirada interior!

Nuestra vida cambia y se transforma en relación a la mirada que abriguemos y cultivemos dentro de nosotros (= vida interior), en otras palabras, si afrontamos todo a partir de Dios: de Su mirada hacia las cosas, desde Su Corazón, desde sus intenciones, incluso desde Su silencio, que poco a poco nos va hablando (susurrando). O bien, si afrontamos todo desde nosotros,  desde nuestros intereses, intenciones, palabras, proyecciones, desde nuestros puntos de vista, razonamientos y juicios.

San Benito de Nursia siendo muy joven, decide dejar los estudios y el fascinante mundo –efímero– de una Roma ya corrupta… ¡decide! ¡Cuán importante es al ‘corazón de la vida’ la determinación!  ¡Cuántas cosas dependen de una decisión, firme, segura interiormente, que no vuelve atrás! San Benito decide  dejar la mundanidad, para aprender a vivir bajo la mirada de Dios. Sólo con Dios. Nos lo relata san Gregorio Magno en el 2° libro de “Los diálogos”:  

“Este venerable varón habitó consigo mismo, porque teniendo continuamente los ojos puestos en la guarda de sí mismo, viéndose siempre ante la mirada del Creador, y examinándose continuamente, no salió fuera de sí mismo, echando miradas al exterior” (II Dial. 3).

En la gruta de Subiaco, Benito hizo su ‘noviciado’. Y aprendió el “arte de las artes”, es decir, lo que es la batalla espiritual.  Aprendió a luchar y a vencer el mal dentro de sí mismo: reconociendo y aprendiendo a ‘leer’ sus pasiones, sus instintos, su debilidad… pero para entregarlos y ofrecerlos a Jesucristo; para “estrellarlos contra la roca, que es Cristo”, como diría después en su Regla, fruto de su experiencia de vida.

San Gregorio Magno habla de una vigilancia de sí mismo de parte de Benito, que no es sólo una disciplina y adquisición de autodominio, aunque es verdad, que el buen monje aprende también esto, y afila estas ‘armas’ para hacer buen uso de ellas, estos instrumentos de la ascesis. Sin embargo, la vida monástica no es sólo y simplemente  autodominio y vigilancia -aunque son medios importantes-, la vida en el espíritu es un camino de liberación, que abre, florece en la plenitud humana, y no se reduce al “examinarse continuamente, no salir fuera de sí mismo, echando miradas al exterior”. Esto es mucho, pero no es todo.

San Benito antes de ser asceta fue llevado de la gracia del Señor hacia un camino de crecimiento interior progresivo. En este camino supo reconocerse a sí mismo, entre luces y sombras… reencontrarse al fin sin miedos y entregarse a Dios constantemente. Entregarse a Dios y al monje Romano (= la autoridad, la Iglesia madre y maestra) que lo visitaba en la gruta. Esto nos enseña dos cosas: primero, que no puedo crecer en la fe sin las mediaciones de la Iglesia, ¡sin sus ratificaciones! y segundo, que debo luchar sobre mí mismo (¡no sobre los demás), sobre mis propias “cavernas” para sanearlas poco a poco, secundando la gracia y correspondiendo al amor.

Es así que San Benito nos enseña espléndidamente, que la vida espiritual no avanza por represiones, sino por transfiguraciones. Benito en la gruta de Subiaco, al tú por tú con Dios, en la soledad, en un camino de aceptación de su pobreza se deja trasfigurar del amor de Dios, amor reconocido, asumido, y correspondido. Así la pobreza acogida se convierte en misión. Y es –según decíamos– solo cuestión de mirar. De la mirada de Dios sobre Benito, de la mirada de Dios sobre mí. De un Dios que entra, y que lo dejo entrar a puertas abiertas, porque estoy consciente  que necesito de Él, y que sólo Él me salva.

San Benito al emprender su camino hacia Subiaco –y aun antes– deseó siempre caminar y permanecer únicamente bajo la mirada de Dios. Esto era para él lo único importante, lo absoluto. Y así es que, liberado por la mirada de Dios, a su vez, ha sabido liberar en los hermanos la belleza de la vida redimida, del amor verdadero. Dejándose mirar por Dios  –y la oración es propiamente esta experiencia viva del dejarse mirar por Dios–, Benito aprendió a verse y ver a los hermanos, y al mundo, bajo esta mirada bendita, mirada de bendición. Bendecido por Dios, se convirtió en una bendición para los otros. Y esto es válido hoy también para nosotros. ¡Benditos, bendigamos! Esto vale para todos, consagrados o laicos, pero sobre todo para los monjes.

No basta saber de Dios. El me pide la correspondencia de mi vida a su Amor Divino: esto no sólo moral,  sino  una bella sabiduría doctrinal.  Su amor puro me purifica, para que me asemeje a Él, porque yo soy su hijo, su hija, y para que me convierta cada vez más en su Hijo, a semejanza de mi Padre, que me ama ardientemente. Captamos ¡qué grande y cuánto gozo nos reporta esto! Con esta certeza, con esta convicción se cambia la mente y el corazón.

La mirada amorosa de Dios sobre mí me transforma día tras día, y transformándome, me transfigura. Entonces, yo, como cristiano, –o como amigo del monasterio benedictino–, no puedo permanecer pesimista, desilusionado, escéptico, inseguro, apagado, diciendo: “sí, pero…, esto será para la gente de fe… ¡ay, así como va el mundo, tan mal!

San Benito nos educa a una mirada positiva, siempre positiva acerca de  la realidad, también cuando nos encontramos frente al mal, al misterio del mal. Y no tiene, como se dice, los ojos cerrados. No es un iluso, un idealista. Su sabiduría romana –de aquel tiempo– es concreta, no permanece en quimeras, sino que ante todo, hace aquello que dice en su Regla: “No anteponer nada al amor de Cristo” (RB 4,21), es decir, únicamente Dios y su mirada amorosa de Padre. No es una mirada humana, no es una lógica o un razonamiento humano. De hecho, si nos fijamos en un monasterio con mirada simplemente humana, ninguno se salvaría… Lo positivo, “la estima recíproca”,  la luz que mis ojos y mis palabras reflejan dependen sólo de la luz que el Señor refleja sobre mí, ¡luz sobrenatural! En otras palabras,  depende de la intensidad con que yo desee su Luz y lo deje entrar, que me penetre, que transforme mi vida y la  cambie, cambie mis ojos en sus Ojos, que me de ojos nuevos, corazón nuevo. Ojos y corazón benedictinos, bendecidos. No idealizados, subjetivos, sino reales, positivos, porque vienen de Dios, son propiedad de Dios. ¡Limpios, purificados, clarificados en Dios, en el Corazón de Cristo! Aquí se encuentra nuestro espejo y no en otro sitio.

La mirada de Dios nos unifica, nos remite hacia la unidad, a la simplicidad, y por tanto al horizonte de  una alegría radical y profunda dentro de la  continua novedad de nuestra existencia. ¡Qué bello desear vivir así!

La familia Benedictina,  monjes –o los devotos del gran Patriarca–, nosotros como hijos de san Benito queremos vivir siempre bajo esta mirada, esta mirada amorosa de Dios Padre, sin miedo a entregarse a Él,  para dejarse reconstruir… y encontrarse Uno en Él.

Las Benedictinas de Chapala desean esto plenamente a todos los lectores de Arquimedios en la fiesta de nuestro santo Fundador.

Nota: el monasterio está abierto durante todo el año para aquellos que desean un ambiente de paz y de intimidad con el Señor para renovarse en el corazón, la mente… y los ojos.

 

Benedictinas del la Adoración Perpetua del Santísimo Sacramento

Av. del Parque, N° 248

Fracc. Chulavista

San Antonio Tlayacapan, Chapala.

Tel. 376 766 0521

Correo: [email protected]

 

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One comment

  1. Que viva san Benito! Paz y bendicciones a nuestras hermanas benedictinas. Gracias por su testimonio de oracion continua!

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