No me llamo “Carlitos”

Pbro. Adalberto González González

El Padre Carlos era muy propio. Vestía ropita buena y siempre andaba bien prendidito. A los primeros días de convivencia en el Albergue Trinitario Sacerdotal nos dijo muy en serio: “No me gusta que me digan ‘Carlitos’; yo me llamo Carlos Rodríguez Ibarra”.

Duramos un tiempo sin llamarle así, pero luego volvimos a decirle ‘Carlitos’ y ya no nos reconvino. Lo sacaban cada ocho días, o a veces cada quince días o un mes para llevarlo a confesar en un templo, el de San Sabás, en el Fraccionamiento Alamedas de Zapopan, que él casi había terminado de construir, por lo que se sentía realizado y también útil para seguir sirviendo en algo.

Solíamos preguntarle si su familia todavía fabricaba chocolate, y nos respondía que ya habían muerto sus tíos. “Pero, ‘Carlitos’ -reponíamos-, si hay una fábrica grande que se llama ‘Ibarra’ y llena de olor a chocolate la Avenida Mariano Otero hasta la Plaza del Sol”…

Cierta vez, el buen Padre Cuco -José Refugio Ledezma Jiménez, entonces Capellán del Trinitario- le llevó una caja de chocolate, pero no nos compartió siquiera un cuarterón. También lo importunábamos seguido con esas bromas de que en Cocula, que era su tierra, elaboraban buenos picones y le preguntábamos cuándo nos llevaría para allá. “Voy a pensarlo -nos decía-. Y, por si no lo sabían, en Cocula, además de velas, hacen muy buena birria. Ora lo verán que sí los llevo”.

A poco, sufrió un accidente en el baño y ya no pudo dejar la silla de ruedas. Le gustaba mucho oír y tararear “De Cocula es el mariachi, de Tecalitlán los sones”.

Como joven Sacerdote estuvo de Vicario en la Parroquia del Dulce Nombre de Jesús, y dos veces en la de San Felipe de Jesús; en ambas, muy apreciado por los jóvenes de la Acción Católica como su Asesor. En la primera ocasión, con el señor Cura Rafael Meza Ledesma como Párroco, tenía de compañeros Vicarios al Padre Pedro Ortiz Negrete y al Padre Pedro Gutiérrez Contreras (“Pedrito”, por chaparrito). Este último era muy bromista y dicharachero, y le decía a ‘Carlitos’: “No, pues así qué chiste; tú eres ‘Carlos el Bueno’; Ortiz, ‘Pedro el Malo’, y yo ‘el inaguantable’”.

Por cierto, aunque “Pedrito” era muy cosijoso, a la gente le caía bien. Cuentan que en una ocasión llevó a pasear a Michoacán a Don José Salazar López, Obispo de Zamora, y quien había sido su Maestro y Rector en el Seminario, y al regreso, por donde están esos doce pueblos que forman un primoroso paisaje, como le encantaba pisarle al acelerador de su Mustang, en una bajada no pudo frenar ante el paso de una puerca y sus cochinitos, por lo que alcanzó a machucar al último de la piara.

“Menos mal”, pensó. Pero cuando intentó salir para cerciorarse, se topó con la boca de un rifle en plena cara. “Señor, usté tendrá que pagar mi lechón”, le anticipó un individuo con toda la traza de indígena. “¿Como qué tanto es?”, le preguntó “Pedrito”. Se avivó el dueño y le contestó: “Por lo bajito, cien pesos, y está barato”. Sacó el Padre su cartera y le dijo en tono recio: “Toma, pues, tu dinero y no me estés apuntando a la cara”. Aquél bajó el arma y lo despidió gustoso: “Bueno, señor, muchas gracias y que Dios se lo pague”. Todavía no terminaba de hablar cuando el carro dio un arrancón de carreras.

Pero estábamos con el Padre “Carlitos”, quien estuvo en otros destinos: San Francisco, en Tizapán el Alto; San Felipe Apóstol, en Cuquío; Santa Margarita María Alacoque; Santa María Reina de México, y fue constructor, Capellán y primer Párroco en El Señor de la Salud (Paseos del Sol, Zapopan), donde logró un privilegio muy especial: el Maestro Alfonso de Lara Gallardo plasmó, en el muro frontero del presbiterio del templo, una de sus últimas y más bellas pinturas, que refleja vivamente el momento de la separación de los bienaventurados y los condenados en el Juicio Final; obra pictórica que bendijo e inauguró el Cardenal Arzobispo José Salazar.

Además, inició la edificación del templo dedicado a Santo Sabás, el Mártir de Cocula. Precisamente ahí empezó a ponerse malo. La última vez que celebró Misa se le quedaron engarrotados los brazos con la hostia en alto y comenzó a trastabillar con las palabras. Fue cuando se lo trajeron al Trinitario, pero nunca lo vi buscando las puertas de salida, como les ocurría a otros.

Ya venía un poco afectado del Halzheimer, y a veces se perdía en los corredores, aunque nomás son dos, pero todavía hablaba y se hacía entender. En ocasiones, en la Capilla, a media Misa se le ocurría que le pusieran su alba y estola para oír confesiones, y hasta lo arreglaban para eso. Era como su obsesión, pero luego se percataba de que nadie se acercaba a confesarse.

A partir de su caída y fractura de cadera se notó más calmado. Comía poquito y lo mismo diario: panela, aguacate y frijoles, pero ya no resistía mucho y luego lo deponía. Un día se lo llevaron al hospital, según eso para hemodializarlo, pero ya no salió de ahí con vida.

About Rebeca Ortega

Check Also

Familia: Escuela de Virtudes

Lupita: Yo me creí ese slogan que decía: “Menos hijos para darles más”. Quería tener …

El Papa readmite a la plena comunión eclesial a 8 obispos chinos

Redacción ArquiMedios En el marco de los contactos entre la Santa Sede y la República …

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *