Identidad cristiana solo de nombre

Hermanas, hermanos en el Señor:

Jesús llamó a doce Apóstoles para que estuvieran con Él, lo conocieran, escucharan sus palabras, vieran sus prodigios, sus milagros y, una vez que tuvieron esta experiencia, el Señor los envió a los poblados cercanos para que cumplieran una misión: anunciar la conversión, curar a los enfermos y liberar a los que estaban poseídos por espíritus inmundos.

Cristo vino del Padre con una misión especial, la de anunciar el amor infinito de Dios hacia nosotros, y para anunciarnos su salvación. Fuimos elegidos para ser en Cristo, hijos de Dios.

Nos queda claro que Jesús quiso compartir esa misión. La quiso confiar a los Apóstoles, y después, a todos sus discípulos, a toda la Iglesia, para que todos anunciemos el amor, la salvación y la misericordia de Dios para con todos. Esto les abrió horizontes muy amplios, posteriormente, para que llegaran a todo el mundo predicando la Buena Nueva.

Participamos de esta misión, cada uno. Y todos, como comunidad, tenemos esa misión de anunciar y dar a conocer a los demás, con nuestra palabra y, sobre todo con nuestra vida, que Jesucristo es nuestro Dios, nuestro salvador, y que solo en Él tenemos vida verdadera y salvación plena.

Esta realidad nos invita a revisarnos qué tan conscientes somos de pertenecer a esta comunidad de elegidos y de enviados; qué tanta experiencia tenemos de haber descubierto si aceptamos en nuestra vida, verdaderamente convencidos, a Jesús como el Señor. Si no tenemos esta conciencia y esta convicción, menos vamos a tener la ilusión, el ánimo, la voluntad de darlo a conocer.

Vivir sin esta convicción es muy riesgoso, ya que, entonces, nuestra vocación cristiana correría el riesgo de permanecer en un plano meramente nominal, es decir, decirnos cristianos solo de nombre, pero permaneciendo sin identificarnos con Cristo. Incluso, así podemos pasarnos toda la vida.

Cristiano es aquel que conoce a Cristo, que lo ama, que lo escucha, que lo sigue, que cumple su palabra, que testimonia su amor, que hace que los demás despierten a la fe por esa experiencia de conocer al Señor. Es un tema para revisar, para renovarnos en nuestra auténtica vocación cristiana.

A propósito, recordamos las palabras claras y directas que les dirigió Jesús a sus discípulos: “No todo el que me diga ‘Señor, Señor’, entrará al Reino de los Cielos, sino aquel que cumpla (que haga vida) la voluntad de mi Padre” (Mt 7,21-23). Es un mensaje muy exigente, pero esperanzador.

No podemos ir por la vida nombrándonos cristianos solo de nombre. Tenemos que abrazar esta identidad y esta vocación con todo lo que ello implica, y aceptar cada uno, en lo personal, y todos como comunidad, lo que Cristo quiso compartirnos, la misión que Él trajo del Padre, de ser el principio, el fundamento y la causa de la salvación para todos los hombres.

Que cada encuentro en la Eucaristía sirva para renovarnos en esta conciencia, en este propósito de crecer en nuestra identidad cristiana, para entusiasmarnos más por la misión, que es tarea de todos los bautizados.

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