Ortodoxia

Pbro. José Marcos Castellón Pérez

La palabra ortodoxia tiene su raíz etimológica en el griego “orthós” (derecho o recto), y “dóxa” (opinión, creencia o gloria); la “dóxa” griega tiene la misma raíz que el “dogma” latino, que es en español pensamiento o doctrina. Por tanto, etimológicamente ortodoxo es el pensamiento recto, opinión acertada, recta doctrina. Contraria a la ortodoxia es la heterodoxia o la herejía, ya que “heteró” en griego significa diferente y, en referencia a la doctrina cristiana, erróneo.

En la antigüedad, más allá del ámbito cristiano, ortodoxia era toda doctrina aceptada o establecida por alguna autoridad en cualquier ámbito del conocimiento; sinónimo de conocimiento verdadero, auténtico o común. En la reflexión cristiana, se utilizó la palabra ortodoxia a partir de Eusebio de Cesarea (263-339) para referirse a la sana y verdadera doctrina, que debía ser fielmente salvaguardada, conservada y transmitida como san Pablo pedía a los pastores de las comunidades cristianas (cf. 2Cor 15,1-3 et alt.). Con el paso del tiempo, la palabra ortodoxia fue utilizada cada vez más para identificar a las Iglesias patriarcales del Medio Oriente, especialmente después del cisma entre el Occidente latino y el Oriente griego en el año 1054. De hecho, hoy es comúnmente conocido el adjetivo de ortodoxo para referirse a los miembros de estas Iglesias.

Para la fe cristiana la ortodoxia es la doctrina tradicional y universal de la Iglesia transmitida y conservada fielmente desde el momento en que Jesucristo la confío a los Apóstoles y éstos a sus sucesores, los obispos. El Concilio Vaticano I ha planteado el criterio de ortodoxia doctrinal cuando afirma que “debe creerse con fe divina y católica todo lo que está contenido en la Palabra de Dios Escrita o en la Tradición, y lo que es propuesto por la Iglesia como objeto de creencia divinamente revelada, bien en un decreto solemne, bien en su enseñanza ordinaria universal” (DS 3011). Es ortodoxa, pues, toda doctrina que la Iglesia enseña en su Magisterio Solemne y que está contenida como revelación de Dios en la Escritura y en la Tradición.

La doctrina, que la Iglesia conserva y transmite fielmente, se centra en el acontecimiento salvífico de Jesucristo, el enviado del Padre para hacernos partícipes de la vida divina por la acción del Espíritu Santo, librándonos del poder mortal del pecado. Alrededor de este dato central de la fe, que es el kerigma, giran jerárquicamente las demás definiciones dogmáticas, que debemos creer los cristianos “asintiendo libremente a lo que Dios revela, ofreciéndole el homenaje de la inteligencia y la voluntad” (DV 5).

La Iglesia siempre ha conservado fielmente los contenidos doctrinales no por una cuestión meramente intelectual, sino porque las herejías o errores reducen el misterio de Dios y su acción salvífica, cayendo en reducciones o parcializaciones que desvirtúan, desvían y tienen repercusiones graves en la vida concreta tanto de los cristianos como de la entera comunidad eclesial. Cabe aquí la expresión de Víctor Hugo que “las ideas y no la máquinas son las que mueven al mundo”.

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